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sábado, 12 de febrero de 2022

Intimidad, privacidad, identidad


La exaltación individualista de la vida privada no protege la intimidad, sino que la falsea y la deforma. No basta la privacidad para que haya intimidad. ¿Cómo alcanzar esta fidelidad consigo mismo? La imagen que doy a los demás ¿me manifiesta o me encubre? 

 

 

¿Qué es la intimidad?

Intimidad corporal

Intimidad y privacidad

Secuestro de la intimidad

 

 

¿Qué es la intimidad?

 

La palabra ‘intimidad’, que viene del latín intimus, superlativo de interior, designa cierto ámbito que se abre en lo que ya es interior. Es un lenguaje simbólico para dar a entender la dimensión propiamente espiritual del alma humana, que va más allá de la vida puramente biológica. A ésta la llamamos simplemente interioridad, para significar que la vida de un animal o planta es aquello que “se le queda dentro”, resistiendo a los cambios espaciotemporales sin disolverse ni convertirse en otra cosa. Y esto sólo es posible mediante el principio inmaterial que llamamos alma, o sencillamente vida. En el hombre sin embargo la interioridad es particularmente desarrollada y compleja debido a su autoconciencia. Para referirnos a tal complejidad solemos hablar de “lo psicológico”, ya que este es el objeto de la psicología y la psiquiatría. Pues bien, más allá de esta interioridad psicológica la vida humana presenta una dimensión única, que es inaccesible para la ciencia empírico-positiva porque no es un “grado” más de interioridad, sino un nuevo orden: el espiritual. En virtud del espíritu el hombre sabe y dispone de sí y es capaz de autoposeerse y autodestinarse; en una palabra, puede asumir la verdad última de su ser y decidir conforme a ella. La intimidad consiste  precisamente en el ejercicio de esta libertad radical por la cual el hombre se hace fiel a sí mismo, al tiempo que se descubre inagotable, inabarcable, irreductible a las cosas. Aquí estriba la esencia de la autoestima, que no es otra cosa sino el recto amor de sí, premisa y fundamento de todos los demás amores.

 

La intimidad crea una distancia irreductible entre lo que se es y lo se aparenta pues, a diferencia del animal, el hombre nunca está completamente “dado”. Esta inadecuación entre ser y aparecer, entre dentro y fuera, es el fundamento antropológico del pudor, el arreglo, el vestido, la elegancia. Paradójicamente tal distancia exige que el hombre tenga que actuar si quiere ser auténtico,  que deba interpretar el papel de sí mismo, hacer de sí. Ahora bien, no vale cualquier papel: tiene que ser aquel que la persona deduce de su propia intimidad mediante tres operaciones simultáneas: A) tomarse, adueñarse de sí mediante las virtudes y el temple moral; B) confrontarse con los demás mediante el diálogo sincero; y C) inventarse el personaje que le cuadra en función de la escena social, eligiendo en todo momento la mejor versión de sí mismo: en esta autoelección estriba, precisamente, la elegancia, que proviene de elígere, elegir.

  

Intimidad corporal

 

En la medida en que el hombre es consciente de la expresividad constitutiva de su cuerpo, que le manifiesta y le compromete incesantemente, en esa misma medida el cuerpo posee intimidad. Ésta se da, por tanto, según grados, de acuerdo a la madurez y la cultura. Un bebé, por ejemplo, no se puede decir que tenga intimidad corporal, aunque sin duda tiende naturalmente a desarrollarla. Conforme va experimentando la distancia de que hablábamos (cf. n. 2), el niño comienza a identificarse con su aspecto y, primero mediante el gesto y después con el arreglo, aprende a conformarlo de acuerdo a su intimidad.

 

Apenas la intimidad comienza a interpretarse socialmente en términos de identidad, en ese momento aflora la conciencia de la condición sexuada, que sitúa al individuo en el sistema esponsal. A partir de ahí la intimidad corporal se despliega gracias al lenguaje de la pureza de corazón, que se resume en el axioma: “guardarse para darse”. La intimidad adquiere entonces los infinitos matices expresivos de la complementariedad, que es como la voz con que el hombre percibe su vocación al don de sí amoroso.

  

Intimidad y privacidad

 

Intimidad y comunidad no se contraponen, al contrario, la primera se realiza en la segunda; la intimidad sana aflora naturalmente en el diálogo, y cuando no lo logra se enrarece y se atrofia. La mentalidad dominante hoy, por el contrario, entiende la intimidad en términos de privacidad individualista, es decir confunde la intimidad con sus condiciones externas y su manifestación social. A ello hay que objetar que el concepto de privacidad pertenece a las cosas, no a las personas. Se llama “privado” al objeto que es poseído en exclusividad: la casa, el vestido, el utensilio, etc., pero nunca a una persona o a una dimensión intrínseca de ella, como es su sexualidad. En este sentido caben dos extremos, éticamente erróneos:

 

a) Supeditar la intimidad a la privacidad mediante un pudor excesivamente rígido. Con ello se pretende proteger la intimidad pero a costa de empobrecerla. Es el caso, por ejemplo, del burka usado por algunas mujeres musulmanas. Cuando esto ocurre el equilibrio de la complementariedad se altera en perjuicio de la mujer, que se convierte en posesión privada del varón.

 

b) El otro modo de cosificar la intimidad, aún más grave y extendido, consiste en interpretarla como “uso privado” de la sexualidad, es decir, como si la simple privacidad convirtiera la sexualidad en intimidad. En esta actitud late la mentalidad utilitarista y hedonista, que se manifiesta en mil formas de conducta chabacana o frívola juzgadas, no obstante, como sociológicamente decentes.

 

Se olvida en ambos casos que el único modo de proteger la intimidad es expresándola. La persona, en efecto, sólo se presenta como tal en términos estéticos, es decir, siéndose fiel mediante un riguroso ejercicio de autointerpretación.

 

Secuestro de la intimidad

 

Cuando falta esta autointerpretación la persona abdica de sí, se hurta a la verdadera convivencia y se deja invadir, como casa sin amo, por todo tipo de vicios que desmantelan su intimidad. Ser uno mismo se vive entonces como un engorroso deber, del cual se rehuye adoptando un personaje inauténtico mediante el lenguaje, indumentaria, actitudes corporales, diversiones, etc., dando lugar así a una presencia equívoca y fraudulenta.

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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bibliografía:

 

Arregui, J. Vicente y J.Choza, “Sentimientos, emociones y pasiones. La dinámica de la afectividad”, en Filosofía del hombre. Una antropología de la intimidad. Ed. Rialp. Col. Instituto de ciencias para la familia, Madrid 1991.

CHOZA, Jacinto, “Las máscaras del sí mismo”, en Anuario filosófico 26(1993) pp. 375-394.

cruz Cruz, Juan, El éxtasis de la intimidad. Ontología del amor humano en Tomás de Aquino, Rialp, Madrid 1999, pp. 31-141.

DÍAZ, Carlos, La persona como don, Encuentro, 2001.

ESPARZA, Michel, La autoestima del cristiano, Belacqua, Barcelona 2003.

GARCÍA HOZ, Víctor, El nacimiento de la intimidad, Rialp, Madrid 1950.

Guardini, Romano, Las etapas de la vida, Palabra 1997.

Marías, Julián, La educación sentimental, Alianza, Madrid 1992.

Martí García, Miguel-Ángel, La intimidad,  EIUNSA, 1992.

SELLÉS, Juan Fernando, “La verdad del corazón”, en Tres estudios sobre el pensamiento de san Josemaría Escrivá, Pamplona 2003.

TAYLOR, Ch., Ética de la autenticidad, Paidós, Barcelona 1994.

Wojtyla, Karol, Amor y responsabilidad, Plaza y Janés, Barcelona 1996. Yepes Stork, Ricardo, “Las relaciones interpersonales” en Fundamentos de antropología. Un ideal de la excelencia humana, Pamplona 1996, pp. 183-209.

YEPES, Stork Ricardo, La persona y su intimidad, Cuadernos de Anuario Filosófico, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra S.A., Pamplona 1998 (2ª)

sábado, 23 de julio de 2011

Manuel GARCÍA MORENTE, Ensayo sobre la vida privada


Manuel GARCÍA MORENTE, Ensayo sobre la vida privada, Excerpta philosophica 4, Facultad de filosofía Universidad Complutense, 2ª ed., Madrid 1992. (También publicado en Ediciones Encuentro, 2001)

García Morente (1986-42), el insigne filósofo de la escuela de Madrid, se ocupa en este breve estudio del trato personal, la amistad, el amor, la soledad y el ensimismamiento creativo. Todo ello lo engloba bajo el término de “vida privada” y lo contrapone a lo que llama “vida pública”, es decir, al trato más o menos formal de las relaciones sociales.

Ya en esta confrontación y terminología se insinúa el principal defecto de la obra.

En primer lugar, nos parece inexacto llamar “vida privada” a estos aspectos de la existencia marcados por la intimidad personal, y que habría que llamar más bien “vida íntima” o “relaciones personales”. La amistad, con todos sus matices y variedades, es ciertamente un fenómeno de la vida privada, pero no toda “vida privada” tiene esta riqueza y profundidad. Basta pensar en los actuales reality shows televisivos, donde la privacy es sinónimo de ramplonería y vulgaridad. No estamos de acuerdo, pues, con afirmaciones del tipo: «Cuanto más privada es nuestra vida, más auténtica y verdadera es; más nuestra, más propia, inconfundible y única» (p. 35). Privacidad no es, en absoluto, sinónimo de intimidad.

Más inexacto aún nos parece la afirmación de que «En la relación pública el hombre no es persona, sino cosa», (p. 29), y por tanto el trato social es esencialmente “despersonalizado”, carente de significado humano: “(una) costra exterior de formas fijas, de conducta estereotipadas, de cosas naturales, en suma (biológicas y sociales), que envuelven la auténtica persona libre» (p. 25). No habría que esperar, por tanto, ningún enriquecimiento personal de este ámbito de la vida; sólo recurriríamos a él por razones estrictamente utilitarias.

lunes, 11 de julio de 2011

Georges VIGARELLO, Lo limpio y lo sucio

Georges VIGARELLO, Lo limpio y lo sucio. La higiene del cuerpo desde la Edad Media (Tit. orig. Le propre et le sale: L'hygiene du corps depuis le Moyen Age), Alianza 1991, 323 págs.

El libro se puede descargar íntegramente en pdf en varios sitios de Internet, por ejemplo aquí.

Historiador y sociólogo francés, Georges Vigarello (1941) trabaja en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París (École des hautes études en sciences sociales) y ha demostrado en este y otros estudios un interés particular por lo que podría llamarse sociología del cuerpo, es decir, la representación del cuerpo en las diversas épocas y culturas.

El libro que reseñamos se publicó en Francia el año 1985. En él se describen los usos y concepciones de la higiene personal hasta finales del siglo XIX. Aunque el título hace pensar en un ámbito de estudio más general, el autor se ciñe a la sociedad francesa, y más en concreto la parisiense. Si bien limitadas a este escenario, sus fuentes son abundantes y variadas: tratados de higiene, urbanidad y moral, normas administrativas, novelas, inventarios patrimoniales, etc.

El autor analiza con gran perspicacia las sutiles interrelaciones entre elegancia, sentido del pudor, avances científicos y técnicos, convenciones sociales, y cambios políticos. Todo ello, según Vigarello, va configurando en cada época el concepto de “limpieza corporal”, con variaciones verdaderamente notables.

En el siguiente esquema resumo lo más escuetamente posible el contenido del libro. Después de ello expondré mi opinión sobre él, e intentaré sacar algunas conclusiones desde la óptica de la Teoría del hogar.

martes, 1 de marzo de 2011

Estética del hogar


[Borrador de una charla informal]


1. Origen de la estética La estética como disciplina filosófica nace en el siglo XVIII. Es la ciencia de la belleza, pero por diversos motivos, principalmente por la orientación que le dio Hegel, la estética se centró desde el principio en las obras de arte más que en otras realidades bellas. De ahí la tendencia, que llega hasta nuestros días, de identificar estética con teoría del arte. Esto trae consigo otras reducciones: la belleza se reduce a belleza artística, la belleza artística se reduce a obra de arte, y obra de arte se reduce a determinada clase de objetos (pinturas, joyas, monumentos, adornos, etc), considerados como “arte” por la sociedad. Tal reducción (que he resumido muy esquemáticamente) tiene una consecuencia capital para nuestro tema: la belleza se queda fuera de la vida ordinaria, pues pertenece a ciertos ámbitos puros y excelsos (museos, academias, estudios de cine, auditorios, etc), y los artistas serían, por definición, gente extravagante, bohemios que viven en el olimpo de los selectos. 


Como es lógico, este planteamiento excluye al hogar del mundo del arte. Presenta, además, un componente netamente machista, pues es propio del genio femenino descubrir y expresar la belleza de lo concreto, lo ordinario, lo doméstico. 



2. La belleza está principalmente en las personas Por eso, si queremos decir algo serio sobre “estética de las tareas domésticas”, hay que empezar rechazando este prejuicio esteticista que, por lo demás, ha entrado en crisis en la posmodernidad. Es preferible recuperar una vieja idea que ya estaba en Platón: el vínculo entre amor y belleza . La belleza está ligada al amor porque su fuente es la persona en sí misma, más que las obras técnicas que realiza. Es cierto que el universo personal incluye la actividad artística, pero más aún otras realidades bellas, por ejemplo el aspecto personal (¡las mujeres guapas!), la conversación, la amistad, el amor erótico-conyugal, la acción virtuosa, la santidad, etc. Estas formas de belleza preceden y rebasan la actividad propiamente artística, la inspiran y le dan sentido, pero nunca se reducen a ella. Es decir, esta belleza de las relaciones personales nunca se reduce a un producto artificial o una ejecución técnica; no es belleza de algo sino de alguien. Recordemos que la palabra castellana belleza procede de cierto piropo dirigido a las mujeres en el Renacimiento: bonella (“bonita”, diminutivo de “buena”), lo cual es indicio de que la verdadera belleza resplandece en el rostro antes que en las cosas; en el trato antes que en la producción.


Esta experiencia estética de las relaciones interpersonales Julián Marías asociaba al vocablo castellano ilusión. Lo que ilusiona son, fundamentalmente, las personas. Pensamos, por tanto, que hay dos tipos fundamentales de belleza, subdivididos a su vez, e íntimamente relacionados:


a) BELLEZA “DE ALGO”

—NATURALEZA: se manifiesta en el cosmos, el paisaje, la vida animal y vegetal, etc.

—ARTE: se manifiesta en los objetos artificiales, adornos, monumentos, espectáculos, etc


b) BELLEZA “DE ALGUIEN”

—BELLEZA PERSONAL: incluye la dimensión ética, y se manifiesta en el aspecto, cuyo fin y regla es la presencia personal

—BELLEZA EN LAS RELACIONES PERSONALES: se manifiesta en todos los ámbitos de la vida social, pero especialmente en el hogar, cuyo fin y regla es la comunión personal.


Estas cuatro clases de belleza están incluidas unas en otras escalonadamente, como las matrioskas rusas. La belleza de la naturaleza es asumida por la del arte, la del arte por la belleza personal, y ésta a su vez, por la del hogar. Por eso el hogar aúna y sintetiza todas las formas de belleza, realzando cada una en su orden. 


3. La belleza integral Esta síntesis y recapitulación de todas las formas de belleza en la vida personal podemos llamarla belleza integral. Sus características principales son las siguientes:


3.1. — Es el resultado de asumir y armonizar el hombre sus diversas dimensiones: lo físico, lo psíquico y lo espiritual. Esta conquista incluye por tanto:

a) el cuidado de la apariencia y del ambiente humano mediante artes específicas, que llamaremos artes de la intimidad, y que describimos más abajo.

b) el dominio de las tendencias mediante las virtudes

c) la fidelidad a la vocación amorosa, desplegada en el tiempo


3.2. — Esta integración la encontramos incoada en nuestra naturaleza, pero está por cumplir, lograr e inventar mediante nuestra libertad. Eso implica que es una creación personal y al mismo tiempo un riesgo de frustración y fracaso vital. Por eso algunos autores llaman a la moral “el arte de vivir” (J.L. Lorda), y Unamuno dice a propósito de Don Quijote que “el héroe es poeta en acción”. 3.3. —Por ser el cuerpo palabra originaria de la persona y como su signo eficaz, la belleza integral tiende de suyo a vivirse y manifestarse corporalmente. Para ello es imprescindible el discernimiento, por vía afectiva, del significado esponsal del cuerpo, fundamento de la complementariedad entre varón y mujer. Esta sabiduría práctica en torno a la corporeidad incluye actitudes como el pudor y la elegancia. 


3.4. — La belleza integral, y las artes con que ella se cultiva, se dan según cinco niveles: a) El cuidado del aspecto, mediante el cual se actúa sobre el campo magnético de la presencia. b) El hogar, que es obra común de todos sus miembros, en la cual reluce la armonía peculiar de cada familia, su estilo, su excelencia, sus peculiaridades. c) Posteriormente la belleza integral aflora en la amistad, y de modo singular y paradigmático en el amor erótico, confiriéndoles lirismo y hondura. d) Desde los niveles anteriores la belleza integral se proyecta en la compleja trama de las relaciones sociales, insuflando en ellas aliento de humanidad. e) Por último, y como cerrando el círculo, los medios de comunicación, en particular las expresiones artísticas del mundo de la imagen (cine, publicidad, moda, diseño), reflejan, interpretan y configuran los niveles anteriores. 


3.5. — Otra característica de la belleza personal o integral es su carácter biográfico o narrativo, pues le es esencial aquel argumento que hace de cada vida algo único. Las artes que hemos mencionado se dirigen precisamente a intensificar el sentido argumental, confiriendo a la vida cierto aire de novela o película, es decir, un todo con sentido. De este modo, cualquier vida, por corriente que sea, se torna digna de contemplarse, despierta admiración, irradia belleza. 


3.6. Fomentar, captar y responder a la belleza integral requiere una ardua y exigente disciplina ascética, especialmente el recogimiento habitual y el dominio de la mirada. Así entrenado, el corazón se abre de modo espontáneo a la excelencia de la persona y siente la incitación de su misterio. 


4. Comparación entre el museo y el hogar El siguiente cuadro ilustra lo dicho hasta ahora. En él ponemos de relieve los rasgos distintivos de la belleza integral en contraste con la belleza meramente artística, representadas respectivamente por dos ámbitos paradigmáticos, el hogar y el museo.




HOGAR

MUSEO

Es síntesis de las cuatro formas de belleza. Incluye por tanto el temple ético de las personas, su vocación amorosa, y el estilo y sensibilidad de cada uno.

Aquí la que cuenta es la belleza de los objetos. En cambio la elegancia, compostura, categoría moral o biografía personal de los visitantes es irrelevante.

Los objetos del hogar dicen a las personas que lo componen, hablan de ellas.

Los objetos del museo no “hablan” de esas personas concretas que lo visitan sino que se refieren a otras, a una generalidad anónima.

La belleza del hogar dimana de la comunión de las personas que lo componen.

La belleza del museo reside en los objetos que lo componen, no en sus creadores, ni mucho menos en sus visitantes.

En el hogar el espacio lo dice todo. Aquí están y se mueven las personas, que lo iluminan y le dan sentido. Hay ambiente.

Aquí el espacio apenas “habla”. El ambiente es completamente secundario, y también quiénes o cuántos sean los que lo ocupan.

Está vivo, evoluciona y cambia con los inquilinos.

No “crece” como un ser vivo, más bien aumenta o disminuye según la cantidad de las obras que acumula.



5. Las artes de la intimidad Expliquemos un poco más la expresión “artes de la intimidad”, con que nos referíamos más arriba a las destrezas y oficios que modulan y dignifican la convivencia. Llamamos intimidad a la distancia entre el ser y el aparecer, que induce al hombre a inventar su imagen en todo momento, a acomodar su verdad interior a la circunstancia en que se encuentra; y no sólo su imagen individual, sino la de su familia y su grupo. Llamamos “artes de la intimidad” a aquellas que tienen por fin inventarle a la intimidad una apariencia, un rostro, con que pueda abrirse a la comunión interpersonal: que el que parece ser coincida con el que es. Ello comporta una interpretación específicamente humana de los objetos físicos, advertir el quid humanum que late en ellos. 


En primer lugar en la ropa y los adornos corporales. Y en segundo lugar en los objetos del ámbito doméstico: utensilios, alimentos, muebles, horarios, ropa, dinero. Ciertamente todas las profesiones participan de un modo u otro en esta perspectiva, pero nunca con la radicalidad que presenta en el hogar. El carácter estético del oficio doméstico se funda en su orientación directa a expresar y cultivar la intimidad personal. Pues, lo mismo que la persona sólo puede realizarse éticamente, sólo puede expresarse estéticamente. Sin un ambiente estético, sin excelencia y delicadeza, sobre todo en el hogar, la persona se engaña, se aísla y se frustra. Muere de asfixia espiritual. De ahí que las artes de la intimidad sean trascendentales en la formación de cualquier persona. Sin ellas se incurre en el analfabetismo doméstico, que es una forma de ignorancia muy extendida hoy día, incluso entre la elite intelectual. 


  6. Servicio y estética El prejuicio esteticista que mencionábamos al principio de esta charla apartó, según dijimos, el ámbito doméstico de la creación artística. Esto es un contrasentido ya que, según documenta la paleoantropología, el arte nació y se desarrolló en el hogar. Este prejuicio ignora además otra cosa: la íntima relación entre servicio personal y arte. Hay dos clases de servicio, profundamente unidas: servir-a y servir-para. El primero es una actitud ética, lo segundo es perfección técnico-profesional. El vínculo entre ambos lo puso de relieve san Josemaría (“para servir, servir”). En estos apuntes uniremos en la palabra servicio ambos matices. Juan Pablo II estableció el llamado principio personalista : sólo el amor es actitud proporcionada a la dignidad de la persona; sólo el que ama consigue tratar a la persona en cuanto tal. Ahora bien, el amor se traduce en la práctica en servicio


El servicio es la respuesta lógica del amor (cfr pasaje de la suegra de Pedro, Mt 8, 15). Sólo quien sirve ama, y sólo quien ama, vive. Quien no vive para servir no sirve para vivir. El servicio genuino —no el servicio servil, propio de esclavo— tiene carácter de espejo : consiste en reflejar lo valioso mediante algo igualmente valioso. Y lo personal sólo puede reflejarse —expresarse— como tal en términos estéticos : fiesta, excelencia, orden, armonía, lirismo, sorpresa, amabilidad, arte, etc (cfr. el pasaje del hijo pródigo, Lc 15, 11-24). En esto se distingue del servicio servil, que empobrece humanamente. El verdadero servicio, pues, inspira un trabajo necesariamente creativo : si a quien respondemos es a una persona, y la persona es de por sí inagotable, la respuesta es menester inventarla sin cesar, es inabarcable, infinita. De ahí que el trabajo del hogar, por más que sea costoso, cansado, duro, repetitivo, aunque comporte sudor y lágrimas, nunca deja de tener un carácter de celebración incesante, de fiesta. Con él decimos al prójimo “¡que bueno es que existas!”. 


7. Artesanía Según hemos dicho, la belleza del hogar se manifiesta y cultiva mediante artes específicas. Estas artes son eminentemente artesanales. Podemos definir artesanía como trabajo impulsado por la calidad (Richard Sennet). Es decir, trabajo realizado por amor al propio trabajo, aunque haya también otros motivos, sobre todo el necesario sustento económico. A diferencia del concepto decimonónico de “bellas artes”, la artesanía no ve incompatibilidad entre búsqueda de la belleza y utilidad práctica, entre inspiración y provecho económico. El menosprecio de la artesanía a favor de las “bellas artes” es otro de los prejuicios heredados por el esteticismo ilustrado. Lo útil y práctico, lo ligado a la vida cotidiana, sería algo que degrada el arte, oscurece su belleza, lo vuelve impuro y falso. Y si tal prejuicio niega entidad artística a la artesanía en general, mucho más a las tareas domésticas. 


 Ante ello hemos de recuperar la auténtica noción de arte, que es trabajo inspirado, es decir, operación técnica informada por cierta contemplación estética, síntesis del obrar y el contemplar. Visto así, el límite entre artesanía y arte se difumina, y se hace posible vislumbrar la dimensión artística de todo trabajo, empezando por el del hogar. La crisis de la Modernidad y de los viejos conceptos a ella ligados, como “bellas artes”, museo, genio, academia, etc, han dado lugar a un redescubrimiento de la artesanía, más que como tipo de trabajo, como actitud ante el trabajo, la cual es posible cultivar en cualquier profesión. Representante destacado de este pensamiento artesanal es el filósofo, sociólogo y violonchelista americano Richard Sennet. En esta perspectiva el hogar destaca como principal reserva de pensamiento artesanal en la sociedad. No sólo por estar incoadas en él todas las profesiones, sino por cultivarse aquí, más que en ningún otro sitio, la mencionada actitud artesanal ante el trabajo. Ello se debe a la expresividad especialmente intensa que caracteriza a estas tareas: todas ellas tienen valor de gesto, son autoconciencia de la familia y comunicación entre sus miembros. Por eso la urgencia de calidad —rasgo definitorio de la artesanía— es aquí mucho mayor que en otros ámbitos profesionales. 



BIBLIOGRAFÍA Para elaborar este guion he tenido en cuenta, entre otras, las siguientes lecturas: ALVIRA, Rafael, Filosofía de la vida cotidiana, Rialp, Madrid 1999; BALLESTEROS, J., Postmodernidad: decadencia o resistencia. Tecnos, Madrid 1989; Buttiglione, Rocco, “Familia y trabajo, en La persona y la familia, Madrid 1999, 165-191. CHIRINOS, María Pía, Antropología y trabajos, Hacia una fundamentación filosófica de los trabajos manuales y domésticos, Pamplona 2002. FONTÁN DEL JUNCO, Manuel, “Arraigos personales portátiles o formación de la subjetividad (educar en la época tecnoartística del mundo)”, en Tratado de educación personalizada, dir. Víctor GARCÍA HOZ, tomo 18 (Enseñanzas artísticas y técnicas), Rialp, Madrid 1996 LABRADA, María Antonia, Estética, EUNSA, Pamplona 1998 PIEPER, Josef, Entusiasmo y delirio divino. Sobre el diálogo platónico "Fedro", Rialp, Madrid 1965 PLATÓN, Banquete (trad. M. Martínez Hernández); Fedro (trad. E. Lledó Íñigo), Gredos, Madrid 1986, pp. 143-287 y 289-413 respectivamente Ruiz Retegui, Antonio, Pulchrum, Rialp, Madrid 1998 SENNET, Richard El artesano, Anagrama, Barcelona 2009; TATARKIEWICZ, W., Historia de seis ideas (Arte, belleza, forma, creatividad, mímesis, experiencia estética, 5ª ed.) Tecnos, Madrid 1997 YARZA, Iñaki, Introducción a la Estética, Eunsa, Pamplona 2004

jueves, 24 de febrero de 2011

Inteligencia doméstica


Entiendo por inteligencia doméstica un modo de pensar peculiar, que se ejercita sobre todo en el hogar, pero puede y debe aplicarse a cualquier ámbito de la cultura.

Este pensamiento se caracteriza por 5 notas:

1) Es un pensamiento encarnado y personalista, es decir, se desarrolla a partir de los lazos personales. De entre estos lazos, los principales son los familiares: matrimonio, filiación y fraternidad. Y dado que estas son las relaciones sociales primarias, podemos afirmar que el pensamiento doméstico está intrínsecamente abierto a la sociedad, es eminentemente cívico y solidario.

2) Es un pensamiento artesanal. Significa que tiende a traducirse en trabajo artístico-técnico de calidad (acción poiética).