sábado, 12 de febrero de 2022

Intimidad, privacidad, identidad


La exaltación individualista de la vida privada no protege la intimidad, sino que la falsea y la deforma. No basta la privacidad para que haya intimidad. ¿Cómo alcanzar esta fidelidad consigo mismo? La imagen que doy a los demás ¿me manifiesta o me encubre? 

 

 

¿Qué es la intimidad?

Intimidad corporal

Intimidad y privacidad

Secuestro de la intimidad

 

 

¿Qué es la intimidad?

 

La palabra ‘intimidad’, que viene del latín intimus, superlativo de interior, designa cierto ámbito que se abre en lo que ya es interior. Es un lenguaje simbólico para dar a entender la dimensión propiamente espiritual del alma humana, que va más allá de la vida puramente biológica. A ésta la llamamos simplemente interioridad, para significar que la vida de un animal o planta es aquello que “se le queda dentro”, resistiendo a los cambios espaciotemporales sin disolverse ni convertirse en otra cosa. Y esto sólo es posible mediante el principio inmaterial que llamamos alma, o sencillamente vida. En el hombre sin embargo la interioridad es particularmente desarrollada y compleja debido a su autoconciencia. Para referirnos a tal complejidad solemos hablar de “lo psicológico”, ya que este es el objeto de la psicología y la psiquiatría. Pues bien, más allá de esta interioridad psicológica la vida humana presenta una dimensión única, que es inaccesible para la ciencia empírico-positiva porque no es un “grado” más de interioridad, sino un nuevo orden: el espiritual. En virtud del espíritu el hombre sabe y dispone de sí y es capaz de autoposeerse y autodestinarse; en una palabra, puede asumir la verdad última de su ser y decidir conforme a ella. La intimidad consiste  precisamente en el ejercicio de esta libertad radical por la cual el hombre se hace fiel a sí mismo, al tiempo que se descubre inagotable, inabarcable, irreductible a las cosas. Aquí estriba la esencia de la autoestima, que no es otra cosa sino el recto amor de sí, premisa y fundamento de todos los demás amores.

 

La intimidad crea una distancia irreductible entre lo que se es y lo se aparenta pues, a diferencia del animal, el hombre nunca está completamente “dado”. Esta inadecuación entre ser y aparecer, entre dentro y fuera, es el fundamento antropológico del pudor, el arreglo, el vestido, la elegancia. Paradójicamente tal distancia exige que el hombre tenga que actuar si quiere ser auténtico,  que deba interpretar el papel de sí mismo, hacer de sí. Ahora bien, no vale cualquier papel: tiene que ser aquel que la persona deduce de su propia intimidad mediante tres operaciones simultáneas: A) tomarse, adueñarse de sí mediante las virtudes y el temple moral; B) confrontarse con los demás mediante el diálogo sincero; y C) inventarse el personaje que le cuadra en función de la escena social, eligiendo en todo momento la mejor versión de sí mismo: en esta autoelección estriba, precisamente, la elegancia, que proviene de elígere, elegir.

  

Intimidad corporal

 

En la medida en que el hombre es consciente de la expresividad constitutiva de su cuerpo, que le manifiesta y le compromete incesantemente, en esa misma medida el cuerpo posee intimidad. Ésta se da, por tanto, según grados, de acuerdo a la madurez y la cultura. Un bebé, por ejemplo, no se puede decir que tenga intimidad corporal, aunque sin duda tiende naturalmente a desarrollarla. Conforme va experimentando la distancia de que hablábamos (cf. n. 2), el niño comienza a identificarse con su aspecto y, primero mediante el gesto y después con el arreglo, aprende a conformarlo de acuerdo a su intimidad.

 

Apenas la intimidad comienza a interpretarse socialmente en términos de identidad, en ese momento aflora la conciencia de la condición sexuada, que sitúa al individuo en el sistema esponsal. A partir de ahí la intimidad corporal se despliega gracias al lenguaje de la pureza de corazón, que se resume en el axioma: “guardarse para darse”. La intimidad adquiere entonces los infinitos matices expresivos de la complementariedad, que es como la voz con que el hombre percibe su vocación al don de sí amoroso.

  

Intimidad y privacidad

 

Intimidad y comunidad no se contraponen, al contrario, la primera se realiza en la segunda; la intimidad sana aflora naturalmente en el diálogo, y cuando no lo logra se enrarece y se atrofia. La mentalidad dominante hoy, por el contrario, entiende la intimidad en términos de privacidad individualista, es decir confunde la intimidad con sus condiciones externas y su manifestación social. A ello hay que objetar que el concepto de privacidad pertenece a las cosas, no a las personas. Se llama “privado” al objeto que es poseído en exclusividad: la casa, el vestido, el utensilio, etc., pero nunca a una persona o a una dimensión intrínseca de ella, como es su sexualidad. En este sentido caben dos extremos, éticamente erróneos:

 

a) Supeditar la intimidad a la privacidad mediante un pudor excesivamente rígido. Con ello se pretende proteger la intimidad pero a costa de empobrecerla. Es el caso, por ejemplo, del burka usado por algunas mujeres musulmanas. Cuando esto ocurre el equilibrio de la complementariedad se altera en perjuicio de la mujer, que se convierte en posesión privada del varón.

 

b) El otro modo de cosificar la intimidad, aún más grave y extendido, consiste en interpretarla como “uso privado” de la sexualidad, es decir, como si la simple privacidad convirtiera la sexualidad en intimidad. En esta actitud late la mentalidad utilitarista y hedonista, que se manifiesta en mil formas de conducta chabacana o frívola juzgadas, no obstante, como sociológicamente decentes.

 

Se olvida en ambos casos que el único modo de proteger la intimidad es expresándola. La persona, en efecto, sólo se presenta como tal en términos estéticos, es decir, siéndose fiel mediante un riguroso ejercicio de autointerpretación.

 

Secuestro de la intimidad

 

Cuando falta esta autointerpretación la persona abdica de sí, se hurta a la verdadera convivencia y se deja invadir, como casa sin amo, por todo tipo de vicios que desmantelan su intimidad. Ser uno mismo se vive entonces como un engorroso deber, del cual se rehuye adoptando un personaje inauténtico mediante el lenguaje, indumentaria, actitudes corporales, diversiones, etc., dando lugar así a una presencia equívoca y fraudulenta.

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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bibliografía:

 

Arregui, J. Vicente y J.Choza, “Sentimientos, emociones y pasiones. La dinámica de la afectividad”, en Filosofía del hombre. Una antropología de la intimidad. Ed. Rialp. Col. Instituto de ciencias para la familia, Madrid 1991.

CHOZA, Jacinto, “Las máscaras del sí mismo”, en Anuario filosófico 26(1993) pp. 375-394.

cruz Cruz, Juan, El éxtasis de la intimidad. Ontología del amor humano en Tomás de Aquino, Rialp, Madrid 1999, pp. 31-141.

DÍAZ, Carlos, La persona como don, Encuentro, 2001.

ESPARZA, Michel, La autoestima del cristiano, Belacqua, Barcelona 2003.

GARCÍA HOZ, Víctor, El nacimiento de la intimidad, Rialp, Madrid 1950.

Guardini, Romano, Las etapas de la vida, Palabra 1997.

Marías, Julián, La educación sentimental, Alianza, Madrid 1992.

Martí García, Miguel-Ángel, La intimidad,  EIUNSA, 1992.

SELLÉS, Juan Fernando, “La verdad del corazón”, en Tres estudios sobre el pensamiento de san Josemaría Escrivá, Pamplona 2003.

TAYLOR, Ch., Ética de la autenticidad, Paidós, Barcelona 1994.

Wojtyla, Karol, Amor y responsabilidad, Plaza y Janés, Barcelona 1996. Yepes Stork, Ricardo, “Las relaciones interpersonales” en Fundamentos de antropología. Un ideal de la excelencia humana, Pamplona 1996, pp. 183-209.

YEPES, Stork Ricardo, La persona y su intimidad, Cuadernos de Anuario Filosófico, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra S.A., Pamplona 1998 (2ª)

Aspecto y presencia personal

 

El cruce de miradas

 

La palabra “aspecto” proviene del latín aspectus que significa “mirada”. A muchos sorprenderá esta etimología, pues el vocablo castellano parece significar justamente lo contrario: lo que es mirado, o mejor, la apariencia externa que algo ofrece, y principalmente alguien. Ésta última acepción, no obstante, también la poseía el vocablo latino, sólo que fue perdiéndose en su derivación castellana. Los antiguos, según deducimos de esta consulta al diccionario, concebían el aspecto como unido a esta experiencia tan sutil, y al mismo tiempo corriente, de la mirada que se da y se recibe recíprocamente en el trato cotidiano. Tal simultaneidad entre ver y ser visto queda particularmente de manifiesto en la palabra “look”. Como sabemos, este vocablo inglés se usa actualmente en todos los idiomas para designar el aspecto característico de una moda, un estilo, un modo de vestir, etc.  Este significado se consolidó a partir 1947, cuando Christian Dior tituló “New Look” a una de sus colecciones de moda. Con ello se ponía de relieve que “mirar” (look en inglés) está inseparablemente unido al hecho de “ser mirado”, e incluso de “hacerse mirar”, y que cada aspecto personal se configura en función de este intercambio visual. No se agota, efectivamente, la apariencia humana en su mera descripción física, ni se reduce a simple dato óptico, como lo demuestra la enorme dificultad para crear un rostro humano mediante animación por ordenador. Ello se debe a que el rostro humano es fundamentalmente una respuesta. Actuando como un espejo, en efecto, mi rostro refleja continuamente el de mi interlocutor, al tiempo que lo interpreta, lo responde y lo interroga. No significa esto que nos miremos cara a cara como los enamorados. Para que haya reciprocidad basta con moverse en el “campo magnético” de la mirada ajena, allí donde ésta se hace sentir llenando el espacio con su novedad. Si toda relación del hombre con el espacio es intencional, pues suscita una actitud, una disposición espiritual, tanto más al contacto con otra presencia humana. Cuando alguien, por ejemplo, penetra en la habitación donde trabajo, mi “estar-en” se convierte súbitamente en “asistir-a”: me veo envuelto en ese acontecer que es la existencia del otro, respecto al cual “tomo postura” en sentido rigurosamente literal. Se instaura entonces entre nosotros un diálogo silencioso, al cual se incorporan los objetos que miramos, que entran así en el juego de nuestra reciprocidad. Según estemos solos o en compañía, en efecto, nos fijamos en unas cosas u otras, o al menos de distinto modo; nuestra mirada cambia cualitativamente; la realidad cobra significados diversos. La Decoración y el Diseño conocen bien cómo varía la “lectura” de los objetos domésticos en función del tipo de convivencia en que se encuadran (1).

 

En el fondo este entreveramiento o cruce de miradas no es sino la manifestación más elemental de lo que los autores personalistas llaman “reciprocidad de las conciencias”, fenómeno por el cual el hombre se sólo conoce plenamente a sí mismo en el diálogo y en su apertura a la comunión interpersonal (2). De ahí las profundas implicaciones morales del aspecto, pues en él queda comprometida la vivencia de la propia intimidad y su realización en el plano familiar y social.

 

 

La reciprocidad de la mirada se prolonga en el cuerpo

 

Si la mirada humaniza el espacio y el tiempo tornándolos significativos, tanto más ocurre con la dimensión espaciotemporal del hombre mismo, es decir su corporeidad. En efecto, tendemos a interpretar el aspecto físico de nuestro prójimo a la luz de su mirada, es decir, recapitulando en ella toda la figura, al modo de una estructura con sentido unitario (3). Así configurada, la corporeidad aparece como un rostro grande, que “habla” y “mira” mediante la fisonomía, el gesto y el arreglo; en una palabra, comparece como un look. Vivido así, el aspecto funciona como palabra fundamental de la persona, siempre idéntica y sin embargo incesantemente nueva, con la cual formulamos esa pregunta y esa respuesta que somos nosotros mismos. Esta reciprocidad, no ya de la mirada, sino del aspecto o look, viene a ser la estructura íntima de la presencia típicamente personal.

 

Sin embargo la recapitulación de las partes en el porte, de lo físico en lo visual, del cuerpo en la figura, etc., no es un proceso psicológico automático sino que entronca con la libertad. Es, dicho, con otras palabras, un desarrollo cultural de la naturaleza, muy especialmente en el caso de la mujer. La recapitulación visual es inseparable de la interpretación ética y de la invención estética: de ahí la extraordinaria riqueza de las artes de la compostura: vestido, maquillaje, peinado, elegancia, etc. Cuando estas se falsifican traicionando la naturaleza dialógica del aspecto, dan lugar a graves dependencias psíquicas y morales, que hoy, como sabemos, se ven potenciadas por el mundo de la imagen. El look sexualizante, por ejemplo, carece de toda reciprocidad y en él nada “habla” de tú a tú; al contrario, la persona se hurta al diálogo y renuncia a actuar desde sí misma.

 

 

Síntesis de fisonomía, arreglo y convivencia

 

Hemos hablado de “formular” o “pronunciar” la palabra fundamental del aspecto. La estructura somática de esta palabra es lo que llamamos fisonomía, incluyendo en este concepto un elemento permanente ---el tipo corporal y las facciones---, y otro cambiante ---el gesto---. Uno y otro se reconducen al rostro, en el cual en cierto modo se resumen y condensan (4). No obstante, el límite entre lo dado por la naturaleza (facciones) y lo modificado por la libertad (gesto) es impreciso, pues con el tiempo la gesticualción habitual imprime su huella en los rasgos faciales y en el tipo corporal, configurándolos de modo estable. En este sentido es cierto el dicho popular de que, a partir de cierta edad, la persona es responsable de la cara que tiene.

 

Sobre la fisonomía, y prolongando el gesto, actúa el arreglo. Llamamos así al conjunto de operaciones, instrumentos y usos con que cada persona asume su aspecto y lo dispone para la convivencia. Para este fin no vale cualquier adorno arbitrario, por bello que sea: es necesario antes “leer” en la propia fisonomía aquellos rasgos que mejor expresan la intimidad o verdad interior, para luego acentuarlos culturalmente. El arreglo cualifica lo que el cuerpo especifica. Se trata de una auténtica respuesta artística a aquello que la naturaleza insinúa y el sujeto capta con mayor o menor sensibilidad. En la medida en que se logra, vestido, maquillaje y complementos se in-corporan a la persona y se compenetran con ella: sólo entonces, cuando brota de dentro, podemos decir que hay verdadero arreglo.

 

Este nexo intrínseco entre arreglo e intimidad hay que defenderlo frente a cierto esteticismo cosificante, que se empeña en interpretar la belleza femenina como “obra de arte”. Es un grave error, vestigio de la estética decimonónica, que define el arte únicamente en función de sus producciones (estatuas, cuadros, joyas, etc.) y no de la actividad humana de que proceden (5). Sin embargo el arreglo, atavío o compostura, aunque podamos considerarlo ciertamente como palabra artística, no da lugar en rigor a una “obra de arte” sino a una presencia personal. Y a diferencia de la artística, la humana es una belleza con rostro, que sabe y responde de sí.

 

El arreglo es también instrumento privilegiado con que la persona vive su condición sexuada. Las dos versiones, irreductibles y complementarias, en que se da el ser humano implican sendos modos, radicalmente diversos, de habérselas con su cuerpo. Y es lógico que el arreglo, que es su humanización, refleje esta dualidad originaria y la acentúe (6). Aquí es donde se funda la especial relevancia que el arreglo presenta en la mujer. En ella el cuerpo es menos unitario visualmente que el masculino, menos simple y esquemático, y más proclive a ser visto “por partes” ya que éstas (senos, nalgas, caderas) no se integran en el porte con tanta rotundidad y sencillez como en el varón. Por otro lado ella vive su intimidad de un modo más corporal, lo que confiere a su cuerpo una expresividad, plasticidad y sutileza peculiares, aunque también lo hace más vulnerable a la ofensa y la degradación: la mujer desnuda está más desnuda que el varón desnudo.  Todo lo cual confiere al arreglo femenino un carácter de tarea, creación y riesgo inexistente en el masculino. Ella necesita una mayor dosis de imaginación y arte para “traducir” visualmente la unidad interna propia de su intimidad, lo cual, aunque parezca un defecto, es en realidad una rica experiencia de conocimiento propio y autodominio, desconocida para el varón. Si en él tal unidad comparece en términos de sencillez y gravedad, en ella se traduce en armonía y gracia, que es una forma de unidad más personal y honda, ética y estéticamente más comprometida. Eso significa que lo humano en cuanto tal se manifiesta visualmente en la mujer con mayor claridad que en el varón. En cualquier caso, debido a esta mayor mediación del arreglo, la mujer es sin duda más dueña y creadora de su aspecto, aunque también más dependiente de él. Mientras que el masculino se acerca a la literalidad de la fisonomía, el femenino es más bien una invención, en el doble sentido de hallazgo y creación personales.

 

Pero el arreglo no es una configuración rígida y estática del aspecto, sino que participa de su vida y movilidad. Las insinuaciones, calidades y sugerencias que contiene varían al compás de la convivencia cotidiana. Si la persona puede situarse en los distintos ambientes es precisamente en virtud de su compostura, elegancia y urbanidad, con las cuales amplifica su gesto y su palabra. Los acontecimientos a lo largo del día, sobre todo en el contexto urbano, se incorporan así al aspecto, y con él al diálogo incesante que éste mantiene. Surge entonces un interesante feedback donde la figura (rostro, atavío, cosmética, etc) interactúa con los distintos escenarios, suscitando significados y resonancias imprevisibles (7). Es una experiencia que nunca puede reflejarse en toda su riqueza mediante la fotografía o el cine y que merece la pena valorar (8). Recordemos que lo propio de la presencia humana es su intencionalidad: nunca es un mero estar-ahí, como los objetos, sino un personarse o retraerse; es tomar, de modo inesquivable, postura moral ante las cosas, y sobre todo las personas.

 

Digamos, para resumir, que el arreglo verdaderamente valioso, fundado en la naturaleza dialógica del aspecto, consiste en una aprobación implícita de la existencia del otro; arreglándose la persona anticipa y celebra el encuentro con los demás y se dispone a asistir a esas vidas que enlazan con la suya. También existe por desgracia un arreglo fraudulento y equívoco, con el cual la persona dimite de sí y se somete a muy variadas dependencias afectivas o sexuales, gregarismos ideológicos o mimetismos sociales.


Pablo Prieto

@andarynadar


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NOTAS

 

(1) Sobre la inserción del diseño en la vida cotidiana cfr. Munari, Bruno, El arte como oficio, Labor, Barcelona 1994 (2ªed).

(2) NÉDONDCELLE, Maurice, La reciprocidad de las conciencias (trad. José Luis Vázquez Borau), Caparrós, Madrid 1997. Una interpretación de esta doctrina aplicada a la mirada puede verse en: barbotin, Edmond, “El rostro y la mirada”, en El lenguaje del cuerpo, vol II: Las relaciones interpersonales, Pamplona 1970, pp. 137-222.

(3) La percepción visual de la figura como un todo unitario dotado de sentido ha sido ampliamente estudiada por la escuela de Psicología de la Forma o Gestalt, que ha encontrado amplio eco en el terreno del arte. La obra más clásica en este sentido es ARNHEIM, Rudolf, Arte y percepción visual, Alianza, Madrid 1984 (5ª ed.).

(4) Gregorio MARAÑÓN rechaza la definición de gesto como “expresión del rostro”, que es la más común en los diccionarios, alegando ser también gesto el de la mano o el de la figura entera. Cfr. “Psicología del gesto”, en Ensayos liberales, col. Austral, Espasa-Calpe, Madrid 1966 (6ª ed.), pp. 13-70. Creemos sin embargo que esta referencia al rostro pertence a la esencia misma del gesto corporal, cualquiera que sea, pues el cuerpo se “lee” a la luz del rostro y de él recibe su sentido humano.

(5) Cfr. TATARKIEWIZ, W., “El arte: historia de un concepto”, en Historia de seis ideas. Arte, belleza, forma, creatividad, mímesis, experiencia estética, Tecnos, Madrid 1997 (6ª ed.), pp. 39-78.

(6) En este punto nos apartamos de la tesis, frecuente entre teóricos de la moda, de que el adorno surge por pura inducción social yuxtapuesta al individuo y sin fundamento natural. Cfr. por ejemplo: “La respetuosa decencia”, en Toussaint-Samat, Maguelonne, Historia técnica y moral del vestido, Alianza Editorial, Madrid 1994, vol. I, pp. 51-76.

(7) Sobre la importancia del contexto para la lectura del arreglo cfr. ALVIRA, Rafael, “El espacio urbano y la moda”, en Nuestro tiempo nº 580, octubre 2002, pp. 12-21.

(8) No obstante es evidente la relación mutua, cada vez más intensa, entre cine y vida cotidiana, en la cual la ficción anticipa, interpreta y modela el comportamiento. Ello no debe hacer olvidar, sin embargo, que el acto de arreglarse posee un carácter originario y soberano. Cfr. Ayfre, Amedee, “Cine y presencia personal”, en Henri Agel (ed.), Cine y personalidad, Rialp Madrid 1963, pp. 39-68. Sobre las relaciones entre vestido y cine cfr. Belluscio, Marta, “Moda y cine: fenómenos unidos”, en Vestir a las estrellas. La moda en el cine, Ediciones B, 1999, pp. 11-35. 

martes, 23 de febrero de 2016

El hogar, cuerpo de la familia

Artículo publicado en Trasfondos familia y hogar nº 9, CEICID, Pamplona 2006


1. El símbolo y la analogía
2. El cuerpo, símbolo de símbolos
3. La ampliación intencional del cuerpo
4. El hogar: tener dando
5. Crianza y gestión
6. Carácter performativo de la crianza
7. El árbol de las tareas
8. Dialéctica entre crianza y gestión
9. Figura materna, ejecución comunitaria


Introducción


El «mundo de los símbolos en relación con el crecimiento en familia», que es contexto del presente artículo, hace pensar inmediatamente en el hogar, ya que éste es el símbolo mismo de la familia en crecimiento; es la familia en acción, cultivándose a sí misma, desarrollándose como cuerpo vivo, uniéndose y celebrándose. Más aún, el hogar es una riquísima trama de símbolos donde todo lo humano se encuentra incoado. Y si es verdad que el hombre «habita en la cultura y en lo simbólico», entonces es lógico concebir la vida entera como una odisea homérica, un incesante retorno al hogar. Se trata de un tema de estudio poco explorado y sin duda apasionante, pues nos sitúa en las raíces mismas de la cultura, y resulta aún más oportuno hoy día a la vista del debate intelectual en que nos encontramos. Como es sabido, atravesamos actualmente una fase crítica entre dos planteamientos antagónicos del saber humano. Por un lado pervive la exaltación de la razón científico-técnica, característica de la modernidad. Y por otro, se alza la crítica feroz de los pensadores postmodernos a esta razón utilitaria y economicista, por considerarla engañosa y cómplice del poder —un saber-poder, dirá Foucault—, y además ciega para lo concreto, lo vital, lo femenino y lo ecológico. En otras palabras, el dato científico, es decir, el signo unívoco propio de las ciencias empíricas, se ha revelado insuficiente para la comprensión del hombre, e incluso fácilmente manipulable por las oscuras fuerzas del Gran Hermano. Es una sospecha que, por desgracia, no tiene nada de infundada. El problema surge al pretender suplantar este signo unívoco con el simulacro hiperreal, el signo vacío, que es el extremo opuesto al que llega el rechazo postmoderno de la modernidad. Nos encontramos así con la sociedad espectáculo, la abigarrada iconosfera de las pantallas y los escaparates, donde las imágenes se desligan cada vez más de la realidad para constituir un mundo propio, alternativo, virtual, no siempre conforme con la dignidad del hombre . Entre estos dos extremos, por una parte el signo unívoco, que se agota en su significante, y por otra el simulacro esteticista, que lo niega y lo falsifica, es donde se sitúa el auténtico símbolo, el que se abre a la realidad en clave de respeto contemplativo, sin pretender ni dominarla ni suplantarla. Esta es la via media por la que habría que avanzar, y la perspectiva con que intentaré abordar la actividad doméstica en las siguientes líneas.

sábado, 15 de octubre de 2011

Arlie R. HOCHSCHILD, La mercantilización de la vida íntima

Arlie R. HOCHSCHILD, La mercantilización de la vida íntima. Apuntes de la casa y el trabajo, Katz, Madrid 2008, 386 págs.

Arlie Russell Hochschild (1940, Boston, Massachusetts) realizó estudios en la universidad de California en Berkeley, donde luego permaneció como profesora. Es conocida principalmente como fundadora de la sociología de las emociones. Ha publicado numerosas obras difundiendo su tesis, con gran éxito en ámbito anglosajón. En español sólo se ha publicado, por ahora, la que reseñamos aquí.


El libro

Consta de diecisiete ensayos, aparecidos con anterioridad en diferentes publicaciones. Pese a su gran número, funcionan bien como capítulos de un solo libro por su coherencia y buena concatenación. Abordan desde distintos puntos de vista las relaciones entre trabajo y familia, analizadas siempre desde la “sociología de los sentimientos”. El interés, por tanto, se centra en el modo en que la gente administra sus sentimientos para hacer frente a las diversas situaciones. Desfilan por sus páginas temas como la colaboración en las tareas domésticas, el trabajo extradoméstico de la mujer, la convivencia conyugal y familiar, la implicación de las empresas en la conciliación, la situación de las madres inmigrantes, la cultura de género, el ámbito profesional del care, la imagen femenina en los medios de comunicación, etc. El estilo es ágil y ameno, repleto de ejemplos, testimonios personales y datos bien contrastados.

Destacamos en esta reseña algunos aspectos que nos parecen más interesantes en orden a una Teoría del Hogar.