lunes, 11 de julio de 2011

Georges VIGARELLO, Lo limpio y lo sucio

Georges VIGARELLO, Lo limpio y lo sucio. La higiene del cuerpo desde la Edad Media (Tit. orig. Le propre et le sale: L'hygiene du corps depuis le Moyen Age), Alianza 1991, 323 págs.

El libro se puede descargar íntegramente en pdf en varios sitios de Internet, por ejemplo aquí.

Historiador y sociólogo francés, Georges Vigarello (1941) trabaja en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París (École des hautes études en sciences sociales) y ha demostrado en este y otros estudios un interés particular por lo que podría llamarse sociología del cuerpo, es decir, la representación del cuerpo en las diversas épocas y culturas.

El libro que reseñamos se publicó en Francia el año 1985. En él se describen los usos y concepciones de la higiene personal hasta finales del siglo XIX. Aunque el título hace pensar en un ámbito de estudio más general, el autor se ciñe a la sociedad francesa, y más en concreto la parisiense. Si bien limitadas a este escenario, sus fuentes son abundantes y variadas: tratados de higiene, urbanidad y moral, normas administrativas, novelas, inventarios patrimoniales, etc.

El autor analiza con gran perspicacia las sutiles interrelaciones entre elegancia, sentido del pudor, avances científicos y técnicos, convenciones sociales, y cambios políticos. Todo ello, según Vigarello, va configurando en cada época el concepto de “limpieza corporal”, con variaciones verdaderamente notables.

En el siguiente esquema resumo lo más escuetamente posible el contenido del libro. Después de ello expondré mi opinión sobre él, e intentaré sacar algunas conclusiones desde la óptica de la Teoría del hogar.


1. RESUMEN DEL CONTENIDO:

PRIMERA PARTE: Del agua festiva al agua inquietante

En esta parte se analiza la idea de limpieza corporal en Francia durante los siglos XV y XVI. Es una época dominada por el temor a la peste, que se abate en sucesivas oleadas sobre Europa.

Estaba muy difundida entonces, según el autor, la concepción del cuerpo humano como materia porosa, al modo de una esponja, la cual, del mismo modo que transpira hacia fuera (el sudor), también absorbe los líquidos y gases circundantes. Esto ocurriría especialmente en el baño, el cual dilataría los poros de la piel, dando lugar a una peligrosa ósmosis entre el interior y el exterior del cuerpo.

Esta creencia llevó a la población francesa a desconfiar del baño y evitarlo sistemáticamente, ya que el agua, abriendo los poros, permitiría que se infiltrara en el cuerpo la peste. El agua haría al cuerpo más vulnerable, exponiéndolo a los miasmas que flotan por el aire. De este modo, y por extraño que parezca, la lucha contra la peste y otras infecciones condujo a cerrar los pocos baños públicos que quedaban en París desde la Edad Media. Así lo dice un documento de la época:

«Conviene prohibir los baños, porque, al salir de ellos, la carne y el cuerpo son más blandos y los poros están más abiertos, por lo que el vapor apestado puede entrar rápidamente hacia el interior del cuerpo y provocar una muerte súbita, lo que ha ocurrido en diferentes ocasiones» (p.22).

Evidentemente, si así sucedía con los baños públicos, aún más con los privados. Hay que recordar que la costumbre de bañarse y de destinar un lugar de la casa para esta operación es muy posterior, como veremos a más adelante. La limpieza cotidiana, pues, se realiza mediante un “aseo seco”, consistente en fricciones y perfumes. El agua sólo se reserva para lavar manos y cara.

SEGUNDA PARTE: La ropa que lava

Ahora el autor se remonta a la Edad Media (siglo XIII), para analizar desde entonces hasta el siglo XVII las relaciones entre ropa y limpieza. No se trata, por tanto, de una continuación cronológica del tema anterior, es decir, de la mayor o menor frecuencia del baño, sino del uso de la ropa como instrumento para expresar y sustituir la limpieza corporal.

En efecto, ya desde la Edad Media la limpieza corporal no se entendía como referida al cuerpo físico, a la piel, sino a las partes visibles de la persona, es decir, rostro, manos e indumentaria. Los olores y sensaciones íntimas eran en este sentido irrelevantes. El cuerpo se interpreta en función de su visibilidad social, y sólo en esta medida se entiende también la limpieza. En otras palabras, es «como si el cuerpo delegara su existencia en otros objetos, los que lo envuelven o lo rodean» (p. 75). La vestimenta, de este modo, se vive como prolongación del propio cuerpo y en cierto modo su sustituto. «Si hay una “suciedad” del cuerpo —dice Vigarello—, se supone que sólo la llevan estos objetos. No tiene presencia alguna fuera de ellos y no se observa más que en ellos, que la hacen concreta» (p. 89-90).

En este contexto surge una novedad alrededor del siglo XVI: lo que hoy entendemos por “ropa interior”. Es aquella vestidura cuya función no es mostrarse exteriormente, sino sustituir a la piel en su limpieza. Es decir, mudando de ropa interior y lavándola periódicamente, la persona se considera limpia. Se evita así el contacto directo con el agua, delegando éste a la ropa interior.

La “ropa interior” por antonomasia era entonces la camisa. El interés de la camisa (o “ropa blanca”) es su paulatina manifestación externa asomando por las solapas y mangas de los trajes (el jubón de los siglos XV-XVII). Ello significa que la intimidad corporal comienza a sugerirse y expresarse ante los demás, se incorpora al juego de la apariencia y se interpreta como cuestión de estilo. De hecho los cuellos y mangas de las camisas adquirirán gran protagonismo en la indumentaria del Siglo de Oro, con diversidad de encajes y bordados, como testimonian los retratos suntuosos de la época.

A partir de entonces la indumentaria se irá convirtiendo en instrumento de una intimidad corporal conocida, cultivada y expresada. Si los lazos entre moral, limpieza y elegancia han sido siempre estrechos, a partir del siglo XVI adquieren una sutileza y complejidad extraordinarias. «La limpieza es la ropa.(…) Moda y limpieza terminan en el siglo XVII por confundirse» p. 110.


TERCERA PARTE: Del agua que penetra en el cuerpo a la que lo refuerza

Esta parte describe los usos higiénicos del siglo XVIII. Característica de esta época es la difusión de la bañera entre las clases elevadas, y por tanto del baño privado. Se trata de un mueble portátil, no ligado a un espacio concreto de la casa (el “cuarto de baño” es posterior), que se usa con un fin más bien sanitario y tonificante que de limpieza; es un baño termal, más que higiénico, que se toma con escasa frecuencia. Se considera también signo de distinción y refinamiento aristocrático.

Pervive la creencia de que el agua penetra en el cuerpo y ejerce una influencia en sus órganos (aunque en este caso con efectos saludables), y ello con tanta intensidad, que se recomienda después del baño reposar unas horas en el lecho, para reponer el cuerpo de los influjos del agua.

Nace también entonces el bidé (por primera vez en Francia, aunque no lo dice Vigarello). Con este mueble, destinado a la limpieza íntima de las mujeres (aunque no exclusivamente), se toma conciencia del carácter privado de ciertas abluciones y de las distintas necesidades higiénicas de las personas, según los sexos y las partes del cuerpo, y poco a poco se va imponiendo la conveniencia de los apartamentos excusados, es decir, de ciertos lugares en las casas reservados exclusivamente al aseo. Surge así el cuarto de aseo, un espacio reservado para ciertas operaciones higiénicas que deben realizarse privadamente. No quiere decir, sin embargo, que entre estas operaciones esté el baño, pues la popularización de esta práctica es muy posterior. Por ejemplo en 1790, según registra Vigarello, sólo hay en París 150 bañeras. Cuarto de aseo sólo se convertirá en cuarto de baño en el siglo XIX.

Al mismo tiempo estas prácticas dejan en el siglo XVIII de ser privativas de la aristocracia como signo de distinción social, y pasan a difundirse entre la burguesía, como expresión de autonomía y libertad.

A instancias de médicos y científicos, los gobiernos comienzan a preocuparse por la “salubridad pública”, dictando toda clase de medidas para fomentar la limpieza de los espacios públicos.

CUARTA PARTE: El agua que protege

En esta parte el análisis se centra en la Francia en el siglo XIX. Esta época se caracteriza por la difusión de la palabra y el concepto de higiene. Ello comporta que, a partir de ahora, la limpieza corporal será vivamente recomendada por los médicos y tendrá un carácter más bien profiláctico. Los descubrimientos de Pasteur (1822-1895), padre de la microbiología médica, serán determinantes en este sentido. Sus investigaciones inspirarán multitud de tratados de higiene, y serán objeto de estudio en la cátedra de higiene de la facultad de Medicina de París, de nueva creación.

Junto a estas connotaciones sanitarias, la limpieza adquiere también un nuevo significado moral y social. La higiene personal se percibe ahora, mucho más que en el pasado, como estrechamente unida a la intimidad corporal y al pudor sexual. Limpieza corporal (incluyendo la limpieza que no se ve) será señal de dignidad personal, respeto a los demás y ciudadanía.

Además de científica e íntima, la higiene se torna más popular, extendiéndose a todas las capas sociales y convirtiéndose en materia de interés público para las autoridades. Se ponen en marcha en París y otras ciudades proyectos urbanísticos complejos, que incluyen canalizaciones subterráneas e incluso tuberías para llevar agua a los pisos (esto último después 1870).

También la arquitectura tiene en cuenta la higiene, pues se prevé, en las casas burguesas, que haya junto al dormitorio un cuarto de aseo, dotado de muebles y utensilios adecuados. Este cuarto se convertirá propiamente en cuarto de baño a partir de 1880. En torno a 1860 surge, en ámbitos militares y carceleros, la ducha, que poco a poco se irá adoptando en las casas por su gran economía y funcionalidad.

2. OPINIÓN SOBRE EL LIBRO

Se trata de una obra sugestiva, profunda y bien documentada. Tiene el mérito de señalar las sutiles relaciones y equilibrios entre pudor, intimidad, elegancia, educación, salud y avances científicos, y su paulatina evolución en la sociedad moderna.

Su inconveniente ya lo hemos apuntado: el estudio se limita a Francia, sin apenas alusiones a otros países de Europa, lo cual impide hacerse idea de la envergadura y trascendencia de los hechos que se describen, en el contexto de la cultura occidental.

Otro defecto es que, en contra de lo que parece anunciar el título, el estudio sólo abarca hasta el siglo XIX (excepto un breve apunte en p. 279). ¿Realmente la higiene en el siglo XX quedó ya configurada, en sus rasgos fundamentales, en el siglo precedente? Creemos que no; el boom de los medios de comunicación, la publicidad y la moda han transformado las prácticas higiénicas de un modo impensable en el siglo XIX, introduciéndolas de lleno en el mundo de la imagen y en la sociedad de consumo. Esta realidad exigiría un estudio detenido, que Vigarello omite.

3. EN PERSPECTIVA DOMÉSTICA

Según se expone en la parte segunda del libro (pp. 57-120), la limpieza de la ropa (la ropa “blanca” o “interior”) ha sustituido en un principio a la limpieza efectiva y real del cuerpo. La ropa, pues, ha servido al hombre moderno para descubrir, cultivar y expresar su intimidad.

De esta sorprendente observación se pueden sacar al menos dos consecuencias:

Primero: este hecho demuestra el carácter intensamente dialogal del cuerpo humano: comprendo mi cuerpo en la medida en que lo “veo” con los ojos de los demás (o sea, me visto para ellos), de tal modo que la experiencia de mi corporeidad resulta inseparable de mi convivencia social; el juego de la apariencia (ver, verme y hacerme ver) me revela continuamente a mí mismo, me descubre vetas inéditas de mi intimidad.

Segundo: Usos higiénicos y moda indumentaria evolucionan íntimamente unidos, sobre todo a partir del siglo XVI, y ambos contribuyen a vivir la ropa. Y en la misma medida que la ropa se vive deja de ser objeto inerte para convertirse, propiamente, en vestido, es decir, hábito moral, conciencia de la propia dignidad y cultivo de sí. En este sentido podemos decir que, en los últimos siglos, el vestido ha ido creciendo en sutileza, hondura y complejidad; se ha hecho más vestido y menos ropa; la lectura social de la indumentaria ha precedido y condicionado, cada vez más, su uso práctico. Hasta llegar al siglo XX, donde el vestido se ha situado de lleno en el centro de la cultura visual.

Todo esto arroja poderosa luz sobre un aspecto clave del universo doméstico: el cuidado de la ropa. En efecto, elegirla, lavarla, plancharla, cuidarla, etc., son actividades que implican una sabiduría peculiar, tan valiosa como desconocida. Comprender la ropa es hoy, más que nunca, una forma de cultura que requiere formación y sensibilidad. Implica hacerse cargo de una red de significados y relaciones que están inscritos en la ropa misma y que es necesario descifrar. Es honrar la intimidad del prójimo en el instrumento con que la cultiva; es actuar sobre esa intimidad interpretándola, modelándola, saneándola. Más aún si se trata de la ropa de la familia, libro abierto donde es posible leer la historia común de sus miembros, e influir saludablemente sobre ella.

El libro describe otros muchos aspectos de interés para la Teoría del Hogar. Por ejemplo la evolución de la vivienda doméstica, reflejo y consecuencia de los avances técnicos y las mutaciones sociales, culturales y administrativas.

Pensemos por ejemplo en el suministro de agua corriente en las casas, que comienza tímidamente en el siglo XIX, o en la calefacción que, según Vigarello, «unifica el espacio» (p. 269). Esta circulación del agua por circuitos invisibles sugiere la comparación de la casa con un cuerpo orgánico, dentro del cual circulan los humores de la vida (cfr. p. 269), lo que contribuye, lógicamente, a la impresión de unidad funcional, psicológica y espiritual. Estas y otras comodidades de la casa burguesa, por tanto, permiten a la familia expresar y reforzar de modo nuevo sus lazos familiares y avivar su autoconciencia. No es que tales mejoras produzcan automáticamente estos efectos morales, pero sin duda los encauzan; ofrecen a la familia herramientas no sólo para vivir mejor sino para entenderse y comunicarse más. Ciertamente entrañan el peligro, incipiente en el siglo XIX, de lo que luego se llamará consumismo, pero también abren posibilidades inéditas de unión y servicio.

PPR

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