|
¿Qué entendemos por “contemplación”? ¿Cómo
acercarnos a la realidad contemplativamente, es
decir, abriéndonos a la belleza con admiración y
seriedad? Pablo Prieto. |
A vueltas con las palabras
La palabra
contemplación proviene del latín comtemplum, que designa la
plataforma junto a algunos templos paganos, desde la cual los sacerdotes
escudriñaban el firmamento y auguraban los designios de los dioses. De ahí
proviene contemplari, con el significado de mirar en lontananza,
atisbar el horizonte, admirarse de algo grandioso, etc. La contemplatio
latina traduce a su vez el término griego theoria, de thea,
visión, y alude a la mirada abierta de par en par a la verdad, exenta de
pretensiones prácticas inmediatas. Ejemplo de ello es una de las acepciones
que el Diccionario de la Real Academia atribuye a la palabra castellana
“teoría”: ‘procesión religiosa entre los antiguos griegos’. Todo lo cual nos
indica de entrada que la contemplación es una experiencia ligada al misterio
de lo trascendente, sin que esto signifique estar reducida a la esfera de lo
estrictamente religioso.
El término actual que
mejor refleja el significado primitivo de theoria (y por tanto de la
contemplatio latina) es ‘teatro’. Contemplar, en efecto, significa
acercarse a la realidad como a un espectáculo donde, como sucede en la
escena dramática, todas las cosas (personas, palabras, acciones, objetos) no
están ahí sin más, sino que apuntan a un sentido, responden a un argumento,
cuentan una historia. Hay, pues, en la contemplación cierta perspectiva
teatral, por la cual tomamos distancia frente a la realidad para verla
como un todo lleno de sentido. Tal distancia, sin embargo, no nos
descompromete del espectáculo que contemplamos, como querría cierto
esteticismo decimonónico; al contrario, es entonces cuando sentimos nuestra
vida implicada vocacionalmente en ese orden misterioso que se nos revela de
repente.
El nexo etimológico con
el teatro nos permite comprender otro rasgo típico de la contemplación: su
carácter sorprendente y festivo. La contemplación, en efecto, tiene lugar
ante algo percibido como único e irrepetible. Y lo que hace que la unidad,
propia de todo ser, se perciba como unicidad, es el hecho de presentarse
inesperadamente, como un don gratuito que nos estaba reservado. Entonces
surge espontáneamente una respuesta de aprobación festiva que se
refiere no sólo a aquello que contemplamos, sino a la totalidad de cuanto
existe, aprobación que es eco de aquella otra con que culminó la creación:
“Y vio Dios todo cuanto había hecho y todo estaba muy bien” (Génesis 1,
31). Esta revelación gratuita de la verdad (recordemos que ‘verdad’ en
griego es ‘aletheia’, desvelamiento) es el modo de conocimiento más
perfecto que cabe en este mundo. Y esta forma de presentarse la
verdad, el esplendor y claridad con que se manifiesta, la voz
con que interpela al hombre, la reverencia que inspira, etc., es lo que
llamamos belleza. Contemplación y belleza, pues, se implican necesariamente:
no hay la una sin la otra. Podría definirse, por tanto, la contemplación
como aquella actividad humana en que la verdad se revela como belleza.
Por referirse a la
verdad, la contemplación es, por un lado, asunto del intelecto, y así lo
entiende la filosofía clásica al definirla como simplex intuitus
veritatis, mirada directa a la verdad, sin mediación de razonamiento o
discurso alguno. Por otro lado la contemplación, como vivencia que es,
expresa y acentúa la unidad de cuerpo y espíritu que es la persona, unidad
que la tradición judeocristiana denomina ‘corazón’.
En este sentido la contemplación es ante todo incumbencia del corazón: esa
bodega íntima donde el saber se torna sabor, donde lo
inteligible se vive como gozo, fiesta, deleite. “Noticia sabrosa” llaman a
la contemplación los místicos. En ella el hombre pregusta, siquiera
fugazmente, la plenitud a que ha sido llamado, atisba el sentido último de
su existencia, preludia, en una palabra, la felicidad: “la bienaventuranza
imperfecta —afirma Tomás de Aquino— tal como puede ser poseída en esta vida,
consiste primera y principalmente en la contemplación” (C.G. 3, 40). Esta
sentencia alude también a otra característica de la contemplación: su
carácter radicalmente insuficiente para quien la vive, el cual siempre queda
insatisfecho y anhelante. A ello se refiere San Juan de la Cruz al advertir
en las criaturas “un no sé qué que quedan balbuciendo” (Cántico Espiritual,
7).
Contemplación y verdad
Por ser pura aceptación
de la verdad, la contemplación es, como hemos dicho, la forma perfecta de
conocimiento. Ello significa que, a pesar de su apariencia pasiva, comporta
una verdadera acción, responsable y comprometedora; no es mero estado
anímico, en el cual el hombre “deja hacer” lánguidamente, llevado de una
inercia mortecina. Nada más lejos de la auténtica contemplación; en ella
pronunciamos un fiat, hágase, que implica aprobar, acoger y celebrar
la verdad, actitudes en las cuales la persona se compromete máximamente y
decide sobre sí. Existe, sin embargo, en nuestra civilización utilitarista,
un profundo menosprecio de la contemplación. Este prejuicio se debe en gran
medida a que la razón instrumental, propia de las ciencias naturales, es
propuesta como paradigma de todo otro saber. Lo propio de este conocimiento,
de tipo silogístico y demostrativo, es referirse a algo que está ausente,
pues consiste esencialmente en una búsqueda. La contemplación en cambio
tiene lugar en presencia de su objeto, sobre el cual posa una mirada serena
y complacida; es un saber, en palabras de Pieper, “no pensante sino
mirante”. Otra razón del moderno menosprecio de la contemplación es el hecho
de producirse por connaturalidad afectiva con el espíritu, es decir,
presuponiendo en la sensibilidad humana la aptitud para ser informada por el
alma espiritual, cosa del todo opuesta a la mentalidad racionalista.
Conviene notarlo porque la atrofia del conocimiento contemplativo (el
estético y simbólico frente al pragmático y utilitario) perjudica
enormemente la calidad humana en las relaciones interpersonales y, de modo
particular, posterga la dimensión femenina de la cultura. Juzgando los
sentimientos como “estados psíquicos” opacos al espíritu, o bien se los
acaba privando de su intrínseco valor ético, incurriendo así en una ética
formalista (Kant, puritanismo religioso, moralismo laicista), o bien la
ética misma se “psicologiza”, cayendo así en un conductismo naturalista.
Cualquiera de los dos extremos conlleva un menosprecio del talante
sapiencial de la mujer, eminentemente intuitivo.
Contemplación y amor
De acuerdo con la
tradición platónica, el amor (eros) se despierta en la contemplación la
belleza sensible (Banquete 203-204 y Fedro 247-257). Es lo que
la experiencia amorosa de todos tiempos entiende por “flechazo” o
enamoramiento. En efecto, si el amor puede ser descubierto y vivido como
vocación, como sucede en el auténtico noviazgo, es en virtud de la
contemplación recíproca entre los amantes, en la cual se experimenta la
llamada a una entrega mutua, irrevocable y exclusiva. (Hay que advertir que
el flechazo verdaderamente contemplativo es infrecuente. Bajo el nombre de
amor, como es sabido, circulan infinidad de sucedáneos y mezcolanzas). De
ello deriva una verdad muchas veces pasada por alto: que la belleza por
antonomasia es la personal, la de alguien más que la de algo,
la que resplandece en un rostro concreto más que la que ofrece la vida
silvestre o el arte. La verdad que busca ansiosamente el alma, según el mito
platónico de las alas, sólo se torna amable bajo la forma de un “tú”. Es
sobre el horizonte del nosotros, de la comunión interpersonal, donde
destacan verdaderamente las mencionadas formas de belleza no estrictamente
personales, y donde alcanzan todo su esplendor. En definitiva, el lugar
por antonomasia de la contemplación hay que situarlo en las relaciones
interpersonales, antes aún que en la experiencia artística. Ciertamente el
trato esponsal o erótico representa aquí el paradigma, pero no por eso la
contemplación deja de estar presente en las demás formas de amistad, aunque
difieran esencialmente del trato erótico. Se suele decir, por ejemplo, que
los amigos no necesitan palabras para sentirse a gusto juntos, en presencia
recíproca. Cuando esto sucede significa que cierta verdad se ha hecho
patente entre ellos, y su común contemplación les une íntimamente. En tal
caso las palabras se reabsorben en el silencio, y las acciones en la
presencia; callar es entonces hablar, y hablar, callar. La común
contemplación de cierta verdad cualifica así el silencio y lo torna
admirablemente comunicativo.
Vale la pena subrayar
esta íntima relación entre contemplación y amistad, en orden a fundar
adecuadamente una “estética de la vida cotidiana”. Existe, en efecto, el
inveterado prejuicio de “situar” la contemplación fuera de la vida
ordinaria, como algo propio de lugares y momentos insólitos y de personas
peculiares. Análogamente a la contemplación mística, que según cierta
teológica ya superada sólo sería posible fuera del mundo, en el desierto o
los conventos pero no en medio de la calle, así también cierto esteticismo
anticuado sitúa la contemplación estética en ámbitos exclusivos: el museo,
el palacio, la galería, el auditorio, o bien el paraje exótico, la puesta de
sol, etc. Tal extrañamiento de la vivencia estética, aún presente en la
mentalidad común, empobrece notablemente la vida familiar y las relaciones
sociales.
Contemplación y conducta ética
Además de despertar el
amor, e indisolublemente unido a él, la contemplación de la verdad despierta
el sentido del deber: siento que debo vivir en conformidad
con lo que amo. “Toda felicidad que no engendra un deber —dice Gustave
Thibon— empequeñece o corrompe”. Hemos de recordar aquí, en contra de la
tradición nominalista, la distinción entre deber y obligación. Ésta última
es la constricción moral, justa o injusta, que nos sobreviene desde fuera:
leyes, familia, tradición, etc. Lo propio del deber, en cambio es brotar
de dentro, es decir, ser suscitado por la conciencia personal. La
lucidez y agudeza de esta conciencia está en proporción directa con el
talante contemplativo de la persona. A diferencia, pues, de la obligación,
la fuerza del deber varía según el grado de penetración en la verdad
contemplada. De aquí deriva la importancia moral de purificar la mirada del
corazón, que se alcanza mediante el dominio de la vista y de los demás
sentidos. En el contexto de nuestro mundo audiovisual, tal disciplina de los
sentidos representa un auténtico desafío ético y estético, que requiere
coraje, cultura y creatividad. El talante contemplativo, en efecto, se
traduce en un modo de mirar habitual, caracterizado por cierto
despego crítico ante los reclamos audiovisuales, cierto distanciamiento
soberano que le permite desasirse de las necesidades inmediatas; el
contemplativo renuncia a fijarse, en el sentido de quedar fijado
al objeto de su visión. “Quedar fijado” a y por una imagen, particularmente
la publicitaria, significa atar el corazón, cortarle las alas e impedirle
remontarse no sólo ética sino estéticamente. En cambio el entrenamiento
ético de los sentidos contribuye de manera directamente proporcional a la
vivencia estética de la vida ordinaria, hasta el punto de producirse un
auténtico feedback entre contemplación estética y superación ascética.
|
BIBLIOGRAFÍA
PIEPER, Josef,
“Felicidad y contemplación”, en El ocio y la vida intelectual,
Rialp, Madrid 1974, pp. 229-338.
Labrada, María
Antonia, Estética, EUNSA, Pamplona 1998, pp.15-23. PLATÓN,
Banquete (trad. M. Martínez Hernández); Fedro (trad. E.
Lledó Íñigo), Gredos, Madrid 1986, pp. 143-287 y 289-413
respectivamente.
barbotin,
Edmond, “El rostro y la mirada”
en El lenguaje del cuerpo 2. Las relaciones interpersonales,
Pamplona 1970 (pp.137-222).
Martí García, Miguel-Ángel, La admiración, EIUNSA,
Barcelona 1997. Castilla,
Blanca, La complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis,
Rialp 1993. Ballesteros,
Jesús, “Aspectos epistemológicos: lo visual, lo cuantitativo, lo
exacto, lo disyuntivo”, en Posmodernidad: decadencia o
resistencia, Tecnos, Madrid 1997, pp. 17-24. |