Mostrando entradas con la etiqueta cuerpo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuerpo. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de febrero de 2022

El cuerpo, palabra de la persona

  


 

- Intencionalidad del cuerpo.

- Cuerpo, diálogo y figura.

- Humanización del cuerpo: gesto, compostura, arte.

- Cuerpo humano como don

 


Desde una perspectiva personalista el cuerpo humano es la dimensión visible e histórica de la persona. Merced a él estamos presentes en el espacio y el tiempo, asistimos a nuestra historia y la de los demás y tomamos postura, literalmente, respecto de las cosas con que hacemos la vida. En el cuerpo la persona figura aconteciendo, pasando, actuando, aventurándose, exponiéndose; en una palabra, de forma dramática. Por todo ello el cuerpo es el eje de la moralidad.

 

Velo y revelación de la persona, el cuerpo presenta una misteriosa ambigüedad cuyas raíces se encuentran en la unidad sustancial del hombre (corpore et anima unus). Esta unidad la recibimos incoada, como una tarea, siempre por lograr, incierta, sometida al riesgo de la libertad. Mediante las virtudes el individuo integra su cuerpo, lo vive según infinitos matices y calidades y lo hace revelación de su persona; faltando esa lucha, en cambio, el cuerpo se torna alienante, encubre a la persona, la disgrega en mil direcciones y la hurta a la convivencia. Según esté encendida o apagada la luz del espíritu, la pantalla del cuerpo transparenta a la persona o la esconde, incluso ante sí misma.

 

Esta condición espiritual es lo que distingue esencialmente el cuerpo humano del animal. El hombre propiamente no tiene cuerpo sino que es corpóreo: vive según el cuerpo, asumiéndolo libremente en un sentido u otro, lo cual, paradójicamente, le hace ser más corporal que cualquier animal. Y al igual que la espiritualización del hombre admite grados, también se dan grados de corporeidad según el temple moral del individuo. Como dice Guardini, “el cuerpo es tanto más cuerpo cuanto más espiritualizado, y el espíritu tanto más espíritu cuanto más encarnado”. El  espíritu, en efecto, nos permite distanciarnos intencionalmente del cuerpo para superarnos en él y desde él. Importa notar este matiz ya que precisamente ser corpóreos en vez de “tener cuerpo” es lo nos permite “tener” cosas, o sea dominar el mundo: solamente se pueden tener cosas si el cuerpo no es una de ellas. Pues si lo tratamos como una de ellas, no sólo nos cosificamos nosotros, sino al mundo mismo, como sucede en la mentalidad utilitarista. Olvidada nuestra índole personal, el mundo degenera en mero almacén de objetos disponibles, material manipulable y explotable, como acertadamente denuncia el ecologismo.

 

 

Intencionalidad del cuerpo

 

Es la característica principal del cuerpo humano. Significa que mi alma espiritual (entender, querer, amar) actúa sin cesar a través de mi cuerpo, como agua que rebosa de la pila de una fuente. El cuerpo es lo perpetuamente rebasado, el lugar donde me anticipo a mí mismo para vivir hacia delante, más allá de este espacio y tiempo que me alojan; más que aquí vivo donde apuntan mis deseos e intenciones, donde está mi amor. Más que existir, el hombre pro-existe. De tal forma que cualquier acción corporal implica en mí una opción ética ineludible: ofrecerme, encubrirme, comunicarme, envilecerme, sincerarme, presentarme, relacionarme, arriesgarme, protegerme, etc. Operaciones tan ordinarias como la higiene, la comida, los desplazamientos, el atavío, etc., me realizan en un sentido u otro; en ellas decido sobre mi persona; mi hacer revierte en mi ser; hacer algo es modelarme como alguien. No sólo eso, sino que siempre es más lo que el cuerpo dice que lo que hace, pues dice mucho aunque no haga nada. Y ello hasta el punto de que a veces mi actitud corporal contradice mis palabras, me delata, me desacredita; mi aspecto y conducta me traicionan; en definitiva mi cuerpo me dice constantemente, a pesar de mí mismo. Sólo mediante la integridad moral consigo conciliar lo que soy con lo que parezco.

 

Por todo lo cual mi cuerpo me hace radicalmente responsable: me atribuye una apariencia que reclama autenticidad moral; me fuerza a figurarme de algún modo, no sólo ante los demás, sino sobre todo ante mí mismo; a inventar una imagen con la cual responder a estas preguntas inesquivables: ¿por quién me tomo?, ¿quién me creo que soy?, ¿de qué voy? Estas preguntas reclaman una respuesta incesante, porque el hombre nunca es idéntico a sí mismo: todavía no es el que debe, o pretende, o cree, o quiere, o se siente llamado a ser. Y esta respuesta incesante, a la vez ética y estética, no es otra cosa que la cultura.

 

Importa mucho insistir en la intencionalidad del cuerpo porque hoy priva una visión cosificante de él, por influjo del positivismo científico. Nos olvidamos con frecuencia de que “lo biológico”, “lo fisiológico”, “lo anatómico”, “lo físico” etc., son nociones que resultan de aplicar a la realidad el grueso cedazo de la abstracción científica; conllevan gran dosis de intelectualismo que las hace inadecuadas para entender a la persona real y concreta. En efecto, para estudiar biológicamente el cuerpo la ciencia abstrae su intencionalidad, deja aparte su carácter personal, su expresividad intrínseca, etc.; realiza, en definitiva, cierta vivisección a fin de acotar su estudio. Esto que en el campo científico es legítimo, en las relaciones personales resulta equívoco, cuando no abiertamente pernicioso. Ejemplo paradigmático es la noción vulgar de  “sexo”, que se entiende reductivamente como pura mecánica fisiológica, objeto de uso y consumo.

 

 

Cuerpo, diálogo y figura

 

La confirmación de lo dicho la hallamos en el encuentro interpersonal. En virtud de mi cuerpo no sólo estoy adscrito a una especie (la humana, homo sapiens), sino mucho más: soy único, o lo que es lo mismo, tengo rostro. Mi rostro me con-fronta, me en-cara literalmente con mi prójimo, y en esta reciprocidad hallo mi identidad. Mi rostro por tanto no sólo expresa mi unicidad sino mi apertura intrínseca a los demás, como persona que soy. Esta orientación natural al diálogo se traduce visiblemente en la posición erecta, exclusiva del hombre, que permite el cara a cara. Las personas en cierto modo se son espejos: lo que hace ser a un rostro es poder recibirse en la mirada del otro, que es recíproca. Machado lo expresaba muy bien: tu ojo no es ojo por que lo veas, es ojo porque te ve.

 

La reciprocidad de que hablamos, privativa de la conciencia humana, se manifiesta en primer lugar, como hemos dicho, en la mirada, y de ahí redunda en toda la figura. Como concepto de psicología de la percepción, la figura (en alemán Gestalt) es por antonomasia la humana. Su nota  específica es la reciprocidad, que le confiere una intensidad expresiva única. No es sólo una “totalidad visual con sentido”, como las demás figuras, sino con sentido dialógico. A través de mi figura mantengo un diálogo sutil pero constante con todos los que convivo: hablo, interpelo, pregunto, respondo, y todo ello sin apenas advertirlo.

 

 

Humanización del cuerpo: gesto, compostura, arte

 

Ya hemos dicho que la corporeidad humana pide, como algo natural, una expresión cultural;  necesita ser interpretada e inventada por la libertad. Aunque humano, nuestro cuerpo está siempre por humanizar.

 

Y la humanización más elemental es el gesto, en sentido amplio de la palabra. Como sugiere su etimología (de gero tomar, llevar), gesto viene a ser “tomarse uno a sí mismo como un todo”. Mediante el gesto, en efecto, respondo a cada circunstancia con mi única palabra, o sea yo, pero pronunciándola de mil modos diversos; acomodo mi aspecto a mi historia personal. Es cierto que no podemos modelar directamente nuestro gesto espontáneo, pero sí el talante personal del que procede. Por eso el gesto es quizá la manifestación cultural más sutil e inmediata que cabe experimentar, y de ahí su peculiar valor.

 

 El gesto pide a su vez otras prolongaciones culturales: por un lado el habla, con la que forma un todo, y por otro lo que podríamos llamar “artes de la presencia”: urbanidad, indumentaria, compostura, etc.; elementos sensibles que, en la medida que se ordenan al diálogo, lo complementan y enriquecen de modo natural. Realzada por tales medios la figura humana se intensifica y cobra innumerables matices. Por esto mismo las artes de la presencia, que abordaremos en otro lugar, son también esencialmente dialógicas.

 

Los medios de que venimos hablando pueden no obstante des-figurar a la persona, acallar su voz genuina, equivocar su aspecto, interponer una pantalla de afectación: en una palabra, existe la posibilidad de las mentiras corporales. Ocurren cuando alguien elude presentarse como quien es y cede al miedo o la presión ambiental. La mentira corporal demuestra cierta crisis de identidad, que se acentúa mientras se pronuncia equivocadamente esa palabra que es la propia persona : si no sabes quién eres tampoco sabes qué dices.

 

La estructura simbólica del cuerpo humano, por tanto, impone ciertas reglas, éticas y estéticas al mismo tiempo, que deben observarse en el tratamiento artístico del cuerpo, especialmente en cine, fotografía y moda. Condición y fundamento de todo signo, el cuerpo humano posee un significado originario, previo a cualquier otro que se le añada. El núcleo de este significado es la vocación esponsal, por la cual el cuerpo humano siempre dice a la persona. Por eso la figura corporal es portadora de una verdad inalienable. La verdad de mi cuerpo soy yo; la mentira es cualquier uso de mi cuerpo como algo distinto de mí (una herramienta, un juguete, una mercancía, un material biológico, una obra de arte, etc.), es decir, privándolo deliberadamente de su identidad y dignidad. Respecto de su cuerpo el hombre no puede, aunque quiera, tener una mera relación de uso; con el cuerpo todo uso es un abuso, pues usar quiere decir interpretar lo usado como una cosa, y para el hombre interpretarse cosa es envilecerse.

 

 

Cuerpo humano como don

 

La vocación esponsal no sólo dice a la persona sino que la dice como don. El don de sí, en efecto, es el sentido último de la existencia humana, la vocación que funda todas las demás, lo único que realiza plenamente a la persona. Respecto al don de sí el cuerpo es su signo y su condición de posibilidad; es la persona misma en cuanto susceptible de darse. Sólo en el cuerpo y según el cuerpo es posible el amor humano, cualquiera que sea su forma. Cierto que en el matrimonio tiene lugar la unión según el cuerpo de modo singular y paradigmático, pero lo esponsal rebasa infinitamente lo matrimonial. Incluso podemos decir que la existencia humana en su totalidad acontece según el cuerpo, y por eso mismo posee dimensión esponsal. Así lo comprende el Cristianismo en la perspectiva de la Encarnación, según la cual todo lo humano se halla envuelto en una relación esponsal con Dios cuyo eje es Cristo, el Dios hecho carne. A la luz de este misterio comprendemos que en lo corporal siempre late lo esponsal. Por ejemplo en la presencia, que es la manifestación corporal más básica, adivinamos una entrega incoada, un don de sí incipiente, una afirmación del otro, una apertura al amor, admitiendo todo ello diversos grados. Así ocurre en la palabra de Cristo en la Última Cena “esto es mi Cuerpo” (Mt 26, 26), que equivale a decir: “aquí estoy presente, soy yo aquí y ahora, soy yo en trance de ofrecerme”. Por su alusión a la entrega voluntaria, la frase evangélica expresa, además, el grado máximo de presencia corporal, pues en ella se asume la debilidad, la indigencia y la vulnerabilidad. En el cuerpo, efectivamente,  la persona está expuesta al dolor y a la muerte, y necesitada de salvación; por eso en los niños y enfermos la presencia adquiere peculiar intensidad. La fragilidad del cuerpo pone de manifiesto su significado esponsal, aunque también lo hace, de otro modo, la belleza y el vigor físico. Los diversos significados se concilian e iluminan mutuamente en el don de sí salvador, pues la persona se recibe dándose, se gana perdiéndose y se salva entregándose. En este sentido Tertuliano (s. III) consideraba al cuerpo como “quicio de la salvación” (caro salutis est cardo).

Intimidad, privacidad, identidad


La exaltación individualista de la vida privada no protege la intimidad, sino que la falsea y la deforma. No basta la privacidad para que haya intimidad. ¿Cómo alcanzar esta fidelidad consigo mismo? La imagen que doy a los demás ¿me manifiesta o me encubre? 

 

 

¿Qué es la intimidad?

Intimidad corporal

Intimidad y privacidad

Secuestro de la intimidad

 

 

¿Qué es la intimidad?

 

La palabra ‘intimidad’, que viene del latín intimus, superlativo de interior, designa cierto ámbito que se abre en lo que ya es interior. Es un lenguaje simbólico para dar a entender la dimensión propiamente espiritual del alma humana, que va más allá de la vida puramente biológica. A ésta la llamamos simplemente interioridad, para significar que la vida de un animal o planta es aquello que “se le queda dentro”, resistiendo a los cambios espaciotemporales sin disolverse ni convertirse en otra cosa. Y esto sólo es posible mediante el principio inmaterial que llamamos alma, o sencillamente vida. En el hombre sin embargo la interioridad es particularmente desarrollada y compleja debido a su autoconciencia. Para referirnos a tal complejidad solemos hablar de “lo psicológico”, ya que este es el objeto de la psicología y la psiquiatría. Pues bien, más allá de esta interioridad psicológica la vida humana presenta una dimensión única, que es inaccesible para la ciencia empírico-positiva porque no es un “grado” más de interioridad, sino un nuevo orden: el espiritual. En virtud del espíritu el hombre sabe y dispone de sí y es capaz de autoposeerse y autodestinarse; en una palabra, puede asumir la verdad última de su ser y decidir conforme a ella. La intimidad consiste  precisamente en el ejercicio de esta libertad radical por la cual el hombre se hace fiel a sí mismo, al tiempo que se descubre inagotable, inabarcable, irreductible a las cosas. Aquí estriba la esencia de la autoestima, que no es otra cosa sino el recto amor de sí, premisa y fundamento de todos los demás amores.

 

La intimidad crea una distancia irreductible entre lo que se es y lo se aparenta pues, a diferencia del animal, el hombre nunca está completamente “dado”. Esta inadecuación entre ser y aparecer, entre dentro y fuera, es el fundamento antropológico del pudor, el arreglo, el vestido, la elegancia. Paradójicamente tal distancia exige que el hombre tenga que actuar si quiere ser auténtico,  que deba interpretar el papel de sí mismo, hacer de sí. Ahora bien, no vale cualquier papel: tiene que ser aquel que la persona deduce de su propia intimidad mediante tres operaciones simultáneas: A) tomarse, adueñarse de sí mediante las virtudes y el temple moral; B) confrontarse con los demás mediante el diálogo sincero; y C) inventarse el personaje que le cuadra en función de la escena social, eligiendo en todo momento la mejor versión de sí mismo: en esta autoelección estriba, precisamente, la elegancia, que proviene de elígere, elegir.

  

Intimidad corporal

 

En la medida en que el hombre es consciente de la expresividad constitutiva de su cuerpo, que le manifiesta y le compromete incesantemente, en esa misma medida el cuerpo posee intimidad. Ésta se da, por tanto, según grados, de acuerdo a la madurez y la cultura. Un bebé, por ejemplo, no se puede decir que tenga intimidad corporal, aunque sin duda tiende naturalmente a desarrollarla. Conforme va experimentando la distancia de que hablábamos (cf. n. 2), el niño comienza a identificarse con su aspecto y, primero mediante el gesto y después con el arreglo, aprende a conformarlo de acuerdo a su intimidad.

 

Apenas la intimidad comienza a interpretarse socialmente en términos de identidad, en ese momento aflora la conciencia de la condición sexuada, que sitúa al individuo en el sistema esponsal. A partir de ahí la intimidad corporal se despliega gracias al lenguaje de la pureza de corazón, que se resume en el axioma: “guardarse para darse”. La intimidad adquiere entonces los infinitos matices expresivos de la complementariedad, que es como la voz con que el hombre percibe su vocación al don de sí amoroso.

  

Intimidad y privacidad

 

Intimidad y comunidad no se contraponen, al contrario, la primera se realiza en la segunda; la intimidad sana aflora naturalmente en el diálogo, y cuando no lo logra se enrarece y se atrofia. La mentalidad dominante hoy, por el contrario, entiende la intimidad en términos de privacidad individualista, es decir confunde la intimidad con sus condiciones externas y su manifestación social. A ello hay que objetar que el concepto de privacidad pertenece a las cosas, no a las personas. Se llama “privado” al objeto que es poseído en exclusividad: la casa, el vestido, el utensilio, etc., pero nunca a una persona o a una dimensión intrínseca de ella, como es su sexualidad. En este sentido caben dos extremos, éticamente erróneos:

 

a) Supeditar la intimidad a la privacidad mediante un pudor excesivamente rígido. Con ello se pretende proteger la intimidad pero a costa de empobrecerla. Es el caso, por ejemplo, del burka usado por algunas mujeres musulmanas. Cuando esto ocurre el equilibrio de la complementariedad se altera en perjuicio de la mujer, que se convierte en posesión privada del varón.

 

b) El otro modo de cosificar la intimidad, aún más grave y extendido, consiste en interpretarla como “uso privado” de la sexualidad, es decir, como si la simple privacidad convirtiera la sexualidad en intimidad. En esta actitud late la mentalidad utilitarista y hedonista, que se manifiesta en mil formas de conducta chabacana o frívola juzgadas, no obstante, como sociológicamente decentes.

 

Se olvida en ambos casos que el único modo de proteger la intimidad es expresándola. La persona, en efecto, sólo se presenta como tal en términos estéticos, es decir, siéndose fiel mediante un riguroso ejercicio de autointerpretación.

 

Secuestro de la intimidad

 

Cuando falta esta autointerpretación la persona abdica de sí, se hurta a la verdadera convivencia y se deja invadir, como casa sin amo, por todo tipo de vicios que desmantelan su intimidad. Ser uno mismo se vive entonces como un engorroso deber, del cual se rehuye adoptando un personaje inauténtico mediante el lenguaje, indumentaria, actitudes corporales, diversiones, etc., dando lugar así a una presencia equívoca y fraudulenta.

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

–––––––––––––––––-

  

bibliografía:

 

Arregui, J. Vicente y J.Choza, “Sentimientos, emociones y pasiones. La dinámica de la afectividad”, en Filosofía del hombre. Una antropología de la intimidad. Ed. Rialp. Col. Instituto de ciencias para la familia, Madrid 1991.

CHOZA, Jacinto, “Las máscaras del sí mismo”, en Anuario filosófico 26(1993) pp. 375-394.

cruz Cruz, Juan, El éxtasis de la intimidad. Ontología del amor humano en Tomás de Aquino, Rialp, Madrid 1999, pp. 31-141.

DÍAZ, Carlos, La persona como don, Encuentro, 2001.

ESPARZA, Michel, La autoestima del cristiano, Belacqua, Barcelona 2003.

GARCÍA HOZ, Víctor, El nacimiento de la intimidad, Rialp, Madrid 1950.

Guardini, Romano, Las etapas de la vida, Palabra 1997.

Marías, Julián, La educación sentimental, Alianza, Madrid 1992.

Martí García, Miguel-Ángel, La intimidad,  EIUNSA, 1992.

SELLÉS, Juan Fernando, “La verdad del corazón”, en Tres estudios sobre el pensamiento de san Josemaría Escrivá, Pamplona 2003.

TAYLOR, Ch., Ética de la autenticidad, Paidós, Barcelona 1994.

Wojtyla, Karol, Amor y responsabilidad, Plaza y Janés, Barcelona 1996. Yepes Stork, Ricardo, “Las relaciones interpersonales” en Fundamentos de antropología. Un ideal de la excelencia humana, Pamplona 1996, pp. 183-209.

YEPES, Stork Ricardo, La persona y su intimidad, Cuadernos de Anuario Filosófico, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra S.A., Pamplona 1998 (2ª)

lunes, 8 de agosto de 2011

Frank R. WILSON, La mano

Frank R. WILSON, La mano. De cómo su uso configura el cerebro, el lenguaje y la cultura humana, Tusquets, Barcelona 2002

Neurólogo y director médico del Peter F. Ostwald Health Program for Performing Artists de la Universidad de San Francisco, Wilson es un científico de amplias miras y un auténtico humanista, como demuestra en esta obra.

No se limita a estudiar la mano —“milagro biomecánico fruto de la adaptación”— desde sus conocimientos como neurólogo, sino también desde multitud de perspectivas: biología, psicología cognitiva, lingüística, pedagogía y, sobre todo, paleoantropología. Y lo hace de modo ameno y original, ilustrando los argumentos científicos con ejemplos tomados de diversos oficios. Desfilan a lo largo de sus páginas músicos, malabaristas, titiriteros, mecánicos, joyeros, magos, artistas, etc, cuyos testimonios, según nos hace ver el autor, nos remiten al largo proceso evolutivo en que se formaron, en fecunda interacción, la mano, el cerebro y el lenguaje.

Para Wilson, en efecto, resulta incuestionable que esas tres aptitudes, habilidad manual, pensamiento y lenguaje, han coevolucionado hasta la forma actual en el homo sapiens sapiens, en un proceso cuya complejidad aún estamos lejos de comprender. «Nunca entenderemos —afirma— qué es la inteligencia hasta que no podamos establecer de qué modo están interconectados bipedismo, braquiación, interacción social, acicalamiento personal, ambidextria, lenguaje y uso de herramientas, articulación de ensilladura del quinto metacarpo, neuronas “de comunicación” en el córtex parietal del cerebro, neurotransmisores inhibitorios, clados, codones, secuencias de aminoácidos, etcétera». (p.169)

En otras palabras, para Wilson nuestro desarrollo cognitivo, emocional, lingüístico y psicológico como especie diferenciada sería fruto de nuestra actividad manual, una actividad que rebosa pensamiento, comunicación, simbolismo y creatividad. Son lo que él llama raíces físicas ocultas de la aptitud humana: «Ahora estoy absolutamente convencido de que estas raíces son más que profundas y más que antiguas. Vienen de muy abajo y muy atrás en el tiempo, desde mucho antes del alba de la historia humana, desde los orígenes mismos de la vida primate en este planeta» (p. 20)

lunes, 11 de julio de 2011

Georges VIGARELLO, Lo limpio y lo sucio

Georges VIGARELLO, Lo limpio y lo sucio. La higiene del cuerpo desde la Edad Media (Tit. orig. Le propre et le sale: L'hygiene du corps depuis le Moyen Age), Alianza 1991, 323 págs.

El libro se puede descargar íntegramente en pdf en varios sitios de Internet, por ejemplo aquí.

Historiador y sociólogo francés, Georges Vigarello (1941) trabaja en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París (École des hautes études en sciences sociales) y ha demostrado en este y otros estudios un interés particular por lo que podría llamarse sociología del cuerpo, es decir, la representación del cuerpo en las diversas épocas y culturas.

El libro que reseñamos se publicó en Francia el año 1985. En él se describen los usos y concepciones de la higiene personal hasta finales del siglo XIX. Aunque el título hace pensar en un ámbito de estudio más general, el autor se ciñe a la sociedad francesa, y más en concreto la parisiense. Si bien limitadas a este escenario, sus fuentes son abundantes y variadas: tratados de higiene, urbanidad y moral, normas administrativas, novelas, inventarios patrimoniales, etc.

El autor analiza con gran perspicacia las sutiles interrelaciones entre elegancia, sentido del pudor, avances científicos y técnicos, convenciones sociales, y cambios políticos. Todo ello, según Vigarello, va configurando en cada época el concepto de “limpieza corporal”, con variaciones verdaderamente notables.

En el siguiente esquema resumo lo más escuetamente posible el contenido del libro. Después de ello expondré mi opinión sobre él, e intentaré sacar algunas conclusiones desde la óptica de la Teoría del hogar.

sábado, 11 de junio de 2011

L.KASS, El alma hambrienta

KASS, León R., El alma hambrienta. La comida y el perfeccionamiento de nuestra naturaleza, Ediciones Cristiandad, Madrid 2005.


El autor es un prestigioso médico y biólogo norteamericano, dedicado desde hace años a la filosofía, especialmente a la Bioética. Imparte cursos en la universidad de Chicago y es famoso por haber dirigido el Consejo de Bioética del gobierno de Georges Bush. Es judío practicante.

El libro es un ensayo ameno y profundo sobre la conducta alimentaria. Se basa en una antropología realista, abierta a la trascendencia, en la línea de la filosofía perenne de Occidente. Encuadra admirablemente la cultura gastronómica en el marco de la tradición grecorromana y judeocristiana, aportando sugerencias muy luminosas sobre el gusto, la hospitalidad, la sobremesa, los modales, etc, y sobre los valores humanos que todo ello comporta.

Los conceptos antropológicos que se emplean están tomados muy directamente de Aristóteles, al que se cita con frecuencia: alma, naturaleza, forma, materia, causa, razón, etc., con sus consiguientes ventajas e inconvenientes.

Entre las ventajas está el empleo, abierto y sin prejuicios, desde el título mismo del libro, de la noción de alma, de enorme riqueza en Occidente, y tan oscurecida por el dualismo platónico-cartesiano y por el idealismo moderno. Kass lo emplea en su sentido preciso: el alma es la forma del cuerpo (pp. 80-102), y desde ahí realiza una aguda crítica al mecanicismo y al materialismo modernos.

martes, 8 de marzo de 2011

Katherine ELLISON, El cerebro de mamá




Libro muy interesante y actual, a contracorriente de la dogmática de género. Las siguientes reseñas y comentarios los tomo de
http://www.planetadelibros.com/el-cerebro-de-mama-libro-1689.html

y

http://www.leergratis.com/libros/el-cerebro-de-mama-katherine-ellison.html


Una contribución científica que derriba viejos tópicos sobre la maternidad y reclama el papel fundamental de ésta en el crecimiento de la inteligencia femenina.

«Por fin la ciencia respeta a las mujeres. Sumamente atractivo para el lector no científico, El cerebro de mamá arroja luz con gran objetividad sobre los beneficios de la maternidad en el cerebro.» Naomi Wolf

«La percepción, la eficiencia, la resistencia, la motivación y la inteligencia emocional están tan presentes en una buena madre como en un director general que aparezca en las listas de los 500 directivos más influyentes. Ambos, por ejemplo, deben tener las “capacidades logísticas para enfrentarse al día con la máxima productividad y el mínimo desgaste”.» Publishers Weekly

«Muy bien documentado… Un regalo perfecto para esas madres privadas de sueño que creen que nunca más van a ser capaces de volver a utilizar su cabeza para pensar.» Bookpage

Sinopsis
Todavía es demasiado frecuente el tópico de que la maternidad limita e incluso atonta a las mujeres, al centrar su vida cotidiana en el universo del bebé, absorbente y simple. La autora de este libro demuestra, a partir de investigaciones científicas recientes, que, lejos de ese mito, la maternidad contribuye a activar la inteligencia, al enfrentar el cerebro femenino a nuevos retos para los que ha sido programado.

Ellison ha descubierto que la maternidad aporta mejoras muy sustanciales en cinco aspectos de la vida: la percepción, la eficiencia, la resistencia, la motivación y la inteligencia emocional. Lleno de historias vivas y divertidas sobre madres actuales, este libro práctico e innovador (publicado anteriormente con el título de Inteligencia maternal) rompe con antiguos lugares comunes y ofrece consejos certeros para utilizar mejor la inteligencia que la maternidad aporta, y para convertir el hecho de ser madre en un proceso fecundo y enriquecedor a todos los niveles.

viernes, 25 de febrero de 2011

El hogar, escuela de humanidad

Comparto en este post el siguiente esquema que elaboré para unas charlas sobre antropología del trabajo doméstico, que tuvieron lugar en La Puebla de Castro (Huesca, España)

El hogar es la encarnación de la familia,
su forma de vida propia, su concreción en el espacio y el tiempo. Funciona como una persona hecha de la comunión de varias: tiene alma y cuerpo, se “arregla”, crece, cambia, se alimenta, se ensucia, se lava, habla, ama…

¿Qué son las tareas del hogar?
Son aquella trama de actividades y compromisos (servicios, destrezas, encargos, competencias, tradiciones, ritos, juegos, etc) con los cuales el hogar: A) se une orgánicamente como cuerpo vivo, B) toma conciencia de sí, C) configura su identidad peculiar, y D) celebra su hermosura.

Su sujeto es toda la familia como comunión de personas.
Las tareas domésticas reflejan la peculiar comunión de personas que es la familia, y por tanto todos sus miembros están implicados en ellas, cada cual según su modo peculiar de ser familia y sus circunstancias, formando así una “comunidad de trabajo”.

Aunque la mujer desempeña un papel especial.
En el plano simbólico, en efecto, la mujer personifica el hogar, es como su rostro y su signo insustituible. El hogar es como ampliación de su regazo. Por eso corresponde a ella dirigir estas tareas e informarlas con la levadura de su feminidad, lo cual no significa en absoluto que, en la práctica, tenga que cargar con todo. La casa es de todos.

Son paradigma y pedagogía de todo oficio.
Contienen como en embrión todas las profesiones. Abarcan muchas actividades (unas 300), que comprenden: A) procesos técnicos, B) labores educativas y asistenciales y C) manifestaciones estéticas y lúdicas. Admiten por consiguiente varios niveles de interpretación o lecturas profesionales.

Son ejercicio de maternidad espiritual.
Es decir, con ellas se cuida de las personas interiorizándolas en el corazón, como gestándolas, para que nazcan de nuevo. Materializan la vocación de nido de la mujer, y en el fondo, de todo ser humano. No persiguen tanto la eficacia como la fecundidad; más que hacer cosas consisten en dar vida.

Forman un sistema.
El ama de casa detecta un latido que lo informa todo, cosas, acciones, espacios y tiempos, como el corazón en el cuerpo vivo. Puede compararse con el cine, donde una gran variedad de trabajos, aparentemente dispares, se integran en un único guion.

Su eje es la corporeidad
de la persona. Constituyen una sabiduría práctica sobre la condición encarnada del hombre. Somos persona según el cuerpo, y por tanto atender las necesidades corporales (comida, vestido, limpieza, adorno) es camino privilegiado para conocernos y amarnos.

Cultivan el sentido simbólico.
Las tareas domésticas constituyen una economía de signos. Cada una de ellas tiene valor de gesto: traduce los acontecimientos familiares en sabores, colores, espacios, tactos y sonidos. El ama de casa escucha la voz de las cosas y hace hablar a la casa.

Entablan una conversación,
tácita e ininterrumpida, entre todos los miembros de la familia, cuyo idioma son las cosas de la casa. Estas operaciones (lavar, cuidar, limpiar, cocinar, ordenar, educar) son siempre algo que alguien dice a alguien, se inscriben en una relación de tú a tú. De ahí que su menosprecio resulte humillante y traumático.

Forman personas.
Son academia primordial de humanidad
: modelan sensibilidades, orientan conciencias, desarrollan virtudes, despiertan talentos, encaminan vocaciones, inspiran arte, educan destrezas, inculcan civismo, siembran solidaridad, cultivan complementariedad.

Aúnan servicio y libertad.
No son servicio servil, propio de esclavos, ni se reducen a mero servicio profesional, el desempeñado con arreglo a la justicia, sino que se desbordan en servicio soberano, que es don de sí libre y responsable. En él se concilian los dos sentidos de la palabra servicio: servir-para (competencia, profesionalidad) y servir-a (cuidado, abnegación).

Imprimen sentido de fiesta.
Además de reconocerse y afirmarse en sus fiestas, la familia es, ella misma, fiesta. Aunque exigente y sacrificada, esta labor nunca pierde cierto carácter de celebración incesante: pone en juego arte, ingenio, fantasía y humor. Se procura la excelencia en el detalle, pues así lo pide la dignidad de la persona.

Domestican el espacio: los trabajos manuales.
El tacto humaniza los objetos domésticos, especialmente la ropa, comunicándoles valiosos y sutiles significados. El uso, la limpieza y el adorno los incorporan al diálogo tácito de la familia y los integran en el sistema doméstico.

Domestican el tiempo: lo cotidiano.
El oficio doméstico armoniza los ritmos cósmicos (el día, la noche, las estaciones) con los corporales (comer, dormir, crecer) y los recapitula en la categoría del hoy, lo cotidiano. Integra el ritmo subjetivo de cada persona (agobios, prisas, tensiones, apatía, enfermedad, etc) en el tempo o timing doméstico, es decir, la historia común a toda la familia.

Enseñan a vivir en complementario.
Las tareas que afectan a la esfera corporal (cuidado de la ropa, objetos y lugares de aseo, etc) o el cultivo de la elegancia y los modales, despiertan el sentido del pudor, que es admiración y respeto hacia el sexo opuesto. Con ello se aprende y enseña a ser varón o mujer, y a comportarse como tales.